No muy lejos de Saydebad, al dejar la carretera que alguna vez fue gran ejemplo del esfuerzo estadounidense de reconstrucción en Afganistán, tres soldados estadounidenses y su intérprete afgano fueron emboscados y asesinados, en junio.
Murieron cuando sus tranportes fueron blanco de minas y granadas propulsadas por cohetes. La emboscada, el 26 de junio, fue notable no sólo por su brutalidad, sino también porque se dio en medio de una serie de ataques insurgentes a lo largo de la carretera, que han puesto en relieve la precariedad del esfuerzo internacional para asegurar Afganistán seis años después de que Estados Unidos intervino para derrocar al talibán.
La seguridad en las provincias que rodean a Kabul, la capital, se ha deteriorado en meses recientes. Hoy ésta tan mal como en cualquier momento desde el inicio de la guerra, al tiempo que los milicianos han incursionado en nuevas áreas y aprovechado la ventaja de un Gobierno local y fuerza policíaca cada vez más paralizados y de la presencia militar internacional que ya no se da abasto en Afganistán.
El distrito de Saydebad está a sólo unos 80 kilómetros al sur de Kabul. Más al sur, más allá del poblado de Salar, la carretera, también conocida como Autopista 1, es aún más peligrosa, y conducir más allá es arriesgarse a una emboscada, explosiones y a posiblemente ser masacrado.
Cuando fue restaurada hace varios años a un costo aproximado de 250 millones de dólares por Estados Unidos y otras naciones, la carretera Kabul-Kandahar fue una demostración del compromiso para construir un Afganistán nuevo y democrático.
Para el tambaleante Estado afgano, la carretera conecta el centro del país con el sur, y proporciona un débil eslabón para unir las mitades étnicas cada vez más divididas: el sur, lleno de insurgentes y dominado por los pashtun, y el norte más estable, poblado principalmente por las etnias tajik, hazara y turkic.
Para la fuerza encabezada por Estados Unidos y la OTAN, ésta es una importante ruta de suministros para el esfuerzo de la guerra, pues conecta a las dos bases militares extranjeras más grandes en el país, en Bagram y Kandahar, y a una serie de bases más pequeñas.
Sin embargo, hoy la carretera es un peligroso calvario de minas y ataques de insurgentes, marcada con cráteres causados por bombas y puentes que volaron en mil pedazos.
La carretera se ha convertido en el escenario de carnicería extrema. Uno de los peores ataques ocurrió, en Salar, el 24 de junio cuando fueron emboscados unos 50 camiones cisterna de combustible y alimentos que transportaban suministros para el Ejército de Estados Unidos.
El convoy fue incendiado. Siete de sus conductores fueron decapitados, dijo Abdul Ghayur, comandante de la fuerza de seguridad privada que proporcionó a los conductores.
Ese ataque fue seguido, dos días después, por la emboscada que mató a los tres estadounidenses y a su intérprete afgano, más al norte, cerca de una aldea.
En julio, el Gobierno afgano envió varios batallones del Ejército Nacional Afgano de Saydebad a la provincia de Wardak, inmediatamente al sur de Kabul, para intentar asegurar la carretera.
El despliegue llegó justo a tiempo, dijeron los residentes.
Haji Muhammad Musa Hotak, legislador de Wardak, dice que la confianza del público en el Gobierno ha colapsado junto con la situación de la seguridad.
En uno de los ataques más descarados, el 6 de julio, el talibán disparó contra un convoy de siete camiones cisterna, en la aldea de Durrani. La explosión incendió tiendas que bordeaban la carretera y automóviles de particulares: murieron 22 civiles.