Edición del VIERNES 1 de Agosto del 2008
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nunezdelarco@gmail.com | Jaime Nuñez del Arco

Algo claro desde el principio: me encanta la música. Colecciono álbumes (y cada vez más mp3) de todos los estilos y épocas conocidas por el ser humano; creo en la diversidad y el eclecticismo al momento de interpretarla.

Jazz vocal (Ella Fitzgerald & Cía.), punk prehistórico (Velvet Underground) o hasta dance francés (Daft Punk, Justice): a la hora del disfrute, la música no tiene limitantes. ¿O sí?

En la diversidad está el gusto. Este eslogan, bajo mi óptica, encuentra su excepción en Guayaquil: el desmedido amor del personal local hacia las bandas de covers.

Como todos sabemos, una banda de covers es un grupo dedicado a interpretar canciones de otros artistas: horas, días o meses para aprender música ajena y salir a interpretarla. Una banda de covers es un tiro al aire, una incomprensible traición/tradición que, al menos por estos lares, ha sido perpetuada por grupos incapaces de superponer una voz personal por encima de, simplemente, su voz.

Siempre me he preguntado, si vamos a escuchar una banda de covers, ¿por qué no poner directamente el disco original? Claramente, no veo beneficios en la primera opción: las posibilidades de que la interpretación sea mejor que la grabación son ínfimas (pocos se llaman Frank Sinatra o Kurt Cobain) y, además, el costo de un cuarteto destemplado siempre será más alto que nuestro buen amigo el disco.

Lado A
11:30 p.m. Zona Rosa, Samborondón y/o Urdesa central. Los spots faranduleros de la ciudad empiezan a coger cuerpo y mientras esa balada añeja de Enanitos Verdes o la última de Juanes salen despedidas desde el estéreo del lugar, cuatro desconocidos en busca de sus quince minutos instalan cables y cajas listas a escupir varios cientos de vatios.
El ritmo de la noche: las chicas se aplican retoques de último minuto frente al espejo y ajustan sus pies al stiletto. Los varones apuran las últimas gotas y agarran pareja (pelada o cerveza) para darle duro a lo que se viene.
La noche sigue su camino y la gente sigue su camino hacia el escenario, en donde una banda local de cuyo nombre no quiero acordarme  saluda y también sigue su camino:  cientos de voces que destemplan al vaivén de las interpretaciones de la noche: esa balada añeja de Enanitos Verdes y la última de Juanes.

Lado B
Por supuesto, toda historia (y todo disco) tiene dos caras. Si las bandas de covers pueden compararse a una radio portátil, un aparato presto a reproducir esos tres minutos y medio de moda, existe un subgénero que se lo percibe bastante menos vendido: las bandas tributo.

Estos grupos, al asumir su cancionero desde la perspectiva del homenaje, se ubican en una posición más respetable y comprometida con aquel ídolo de amplia trayectoria,o simplemente un grupo con suficiente nombre.

En nuestra ciudad pululan diversos actos que encajan con el perfil, desde tributos al new wave de The Cure hasta la prehistórica oscuridad de Black Sabbath y la melcocha ochentera de (¡otra vez!) los Enanitos Verdes.

Guayaquil se perfila como una ciudad en donde muchas bandas han decidido ya su camino: vivir a través de una fama preexistente.
Al final reafirmo mi premisa: en la diversidad está el gusto. El problema es que, en las bandas de covers, la diversidad pudo haberse quedado al show, pero el gusto no quiso pagar entrada.


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