En estos tiempos en que se sublima el respeto a la majestad presidencial y se convierte cualquier irreverencia en bandolerismo atentatorio al Estado, resulta importante analizar ciertas anécdotas que demuestran que la protección de la llamada majestad presidencial, por más férrea que pretenda ser, queda supeditada en muchas ocasiones a la actitud, correcta o no, de quien ostenta el cargo cuya solemnidad se pide respetar.
Me refiero, en primer lugar, al caso de que un ciudadano se niegue a extender su mano al presidente cuando este efectivamente se la haya dado. ¿Ha ocurrido esto recientemente? Sí, hace pocos meses pasó en Francia cuando una persona se negó a darle la mano al presidente Sarkozy, quien en lugar de ignorarlo lo increpó, obteniendo una contestación vehemente de quien no lo quería saludar, hecho que fue difundido ampliamente por internet. Resulta interesante advertir la opinión de la prensa francesa, la cual señaló que el verdadero irrespeto a la majestad del cargo provino no del ciudadano común, sino del presidente francés quien se coloco en tú a tú, totalmente incómodo y desproporcionado para la circunstancia. Simplemente, Sarkozy no tuvo la respuesta emocional acorde a la investidura de su cargo.
La pregunta también es válida para otro caso de lo que podría llamarse un aparente irrespeto a la majestad presidencial. ¿Qué ocurriría si un mandatario da un discurso en un lugar público, por ejemplo en un estadio, obteniendo una fulgurante silbatina mientras se dirige a los asistentes? En el Ecuador, es recordada la silbatina que recibió el ex presidente Camilo Ponce, el día de la inauguración del estadio Modelo.
¿Qué hizo ante ello Ponce?, ¿acaso se retiró furioso del estadio, increpó a quienes lo silbaban, los tildó de monos vagos y mariguaneros? No, el ex mandatario prosiguió su discurso de forma altiva y digna, evitando la tentación del desborde verbal, de la amenaza latente o del desplante altanero.
La última anécdota de desacato a la majestad presidencial, quizás la más curiosa pero poco estudiada en los manuales (eran famosas las bundas-peladas en Brasil), ilustra la protesta de una mujer muy atractiva quien en señal de rechazo a una decisión presidencial, decidió quitarse totalmente la ropa frente a la mirada atónita de los presentes y el asombro de dicho gobernante. La historia cuenta que el mandatario, entre las diversas opciones pensó “puedo ignorarla pero no es posible, puedo taparme los ojos pero mmm, puedo ir a protegerla y prestarle mi saco pero dirán que soy avezado, puedo ordenar que la metan presa pero creerán que soy abusivo”. ¿Qué hizo, por lo tanto, aquel presidente ante el irrespeto a la majestad de su cargo? Pues, tomar el incidente con ingenio, lo que lo animó a decir “me parece que esa hermosa escultura debe ser cubierta con infinita dulzura”. La mujer, consternada, solo tuvo fuerzas para recoger su ropa y salir apresurada del salón. ¿Alguna conclusión? El mejor ejemplo de cómo se debe respetar la majestad presidencial lo da quien ostenta el cargo.