sábado 23 de agosto del 2008 Columnistas

Gerard

No me voy a referir ni a Phillipe ni a Depardieu, ambos íconos del cine francés de diferentes momentos. Nuestro Gerard también tiene que ver con el cine, pero a diferencia de  nombres de  marquesinas, está cerca, muy cerca de cada guayaquileño que haya desfilado –y lo siga haciendo– por las salas de proyección de esta ciudad. Gerard Raad Dibo es el “doctor Cineman” de Guayaquil, si Marcelo Báez me permite la alusión al título de su libro.

El día de hoy, un grupo de estudiantes de la carrera de Comunicación de la Universidad Católica, en el marco de una pequeña muestra de trabajos documentales, le rinde un homenaje al maestro de la afición cinematográfica. Lo interesante es que son chicas que no lo conocieron en el ejercicio de su ingeniosa actividad, que no fueron sus alumnas.
Para ellas, Gerard es un nombre respetable, un luchador retirado.

Esta iniciativa ha disparado mi memoria hacia tiempos halagüeños.
Conocí a Gerard en alguna función de un cine foro que se realizaba en un teatro llamado París, situado en la calle Rumichaca. No puedo precisar siquiera si él lo dirigía. Lo veo deambular entre los cinéfilos que allí concurríamos, estudiante yo de Literatura, codeándome con mis maestros. Recreo la dicharachera armonía con Nila Velásquez, Eduardo Peña, Rodolfo Rodríguez, que me enseñaron tanto en las aulas como fuera de ellas.  Fue un tiempo de oro para la proyección cinematográfica en nuestra “aldea”: allí vimos filmes de Passolini, de Godard, de Visconti.

Cimentada la afición, Gerard se hizo un compañero de conversación de pasillos, de preámbulos. Siempre tenía el consejo adecuado para lo que debería verse. De alguna manera ágil (en tiempos sin internet) se nutría de información, sabía lo que se estaba filmando en el mundo entero. Y cosa rara: en su vida profesional era un maestro de matemáticas. Naturalmente, jamás hablamos sobre ese tema, bastante teníamos con el placer de habitar los múltiples mundos de ficción que nos regalaban los libros y las películas.

Cuando terminé la carrera, me dio por remozar mis estudios con nuevas materias. Así me convertí en alumna de Gerard: sin buscar calificaciones ni aprobaciones, por el puro placer de aprender y de escucharlo. Como profesor  de cine, en realidad de  orientación cinematográfica, no era sistemático ni rigorista, lo que le importaba era transmitir una pasión. Sacaba de su memoria, como el clásico mago los conejos de un sombrero de copa, nombres de películas, directores, actores; ubicaba en géneros, aplaudía estilos, rechazaba productos. No llevaba apuntes ni fichas.

La Casa de la Cultura tuvo en Gerard el más dinámico conductor de foros. Valdría la pena hacer una encuesta entre los fanáticos de ese arte para constatar cuánto abonó con sus elecciones, hojas de información y discusiones entre los asistentes, el gusto por ver películas de calidad. La fría información numérica dice que fueron 1.700 proyecciones en 20 años. Impresiona.

En tiempos de películas en discos, cuando consumir cine ha perdido en buena parte su carácter ritual, cuando la sala oscura no ofrece los encantos de la cueva platónica sino que está amenazada por los timbres de los celulares y las irreverencias de comportamiento, evocar el culto de los feligreses de mi generación y algunas más jóvenes, deja una estela de profunda nostalgia. Asistimos con reverencia al cine, dialogamos con Gerard frecuentemente, muchos, los de entonces, nos seguimos encontrando con el maestro.

Hoy nos plegamos a su homenaje.
Columnistas

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.