- AGO. 22, 2008 - Foto - Cultura - EL UNIVERSO
LANZAROTE, España. El premio Nobel portugués José Saramago en el estudio de su casa de Lanzarote.
Literatura.
El escritor portugués José Saramago acaba de terminar su nuevo libro, El viaje del elefante, que cuenta una historia real, la del traslado épico de un elefante asiático llamado Salomón, que en el siglo XVI se desplazó de Lisboa a Viena.
“Por muito incongruente que possa parecer...” (Por muy incongruente que pueda parecer...) son las primeras palabras de El viaje del elefante, una idea que arrastra Saramago desde hace más de diez años, cuando viajó a Austria y, por casualidad, ingresó en un restaurante de Salzburgo llamado El elefante.
El Premio Nobel de Literatura respondió las preguntas a través del correo electrónico desde su casa de Lanzarote (islas Canarias), donde ha terminado su libro, recuperado ya de una enfermedad respiratoria que hizo temer por su vida.
Más de una vez pensó que no concluiría esta obra, de alrededor de 240 páginas que llegará en otoño a los lectores de habla española, portuguesa y catalana. “Este cuento, prefiero llamarlo así mejor que novela, es lo que siempre pensé que debería ser. La enfermedad no ha cambiado nada”, escribe Saramago, quien subraya que no quiere dramatizar “la situación del autor frustrado por algo más fuerte que su propia voluntad”. “Yo escribí mis tres últimos libros en la más deplorable situación de salud, nada propicia para sentimientos de alegría. Prefiero decir: si tienes que escribir, escribirás”, agrega, tan severo como siempre.
El proceso de escritura se vio irremediablemente interrumpido por su dolencia y, oyéndole relatar sus sensaciones cuando estaba al borde de la muerte, muchos recordaron al violonchelista que protagoniza su novela Intermitencias de la muerte, aunque cree que la realidad no imitó a la ficción que él mismo había creado.
“Las intermitencias de la muerte es una novela llena de humor e ironía, no recuerdo haber asumido la amenaza que acecha a mi violonchelista. Es cierto que ya estaba enfermo, pero logré levantar una valla entre el yo que escribía y el yo que sufría”, recuerda Saramago.
El escritor portugués no solo levanta muros entre su literatura y su vida, sino que es capaz de aislarse de todo lo que le rodea hasta el punto de escribir en su ordenador portátil mientras en el sofá del salón varias personas mantienen una conversación.
Él lo cuenta así: “Recuerdo que parte de la novela Todos los nombres la escribí con obras en casa. Mientras los albañiles hacían su ruidoso trabajo y contaban chistes unos a los otros, yo, en la habitación de al lado, separados solamente por un plástico que hacía de puerta, seguía construyendo las peripecias de mi personaje don José. Nunca los mandé callar. Ellos estaban en lo suyo, yo estaba en lo mío”.