En estos tiempos en que muchos se acomodan y otros se atemorizan. Cuando algunos seudoprudentes sugieren bajar el tono y aconsejan disimular. Cuando desde la soberbia del poder, quienes lo detentan parecerían convencidos de poderlo todo, por las buenas o por las malas, como el Don Vito de Mario Puzzo, que le dice a quien de algún modo se resiste: “Voy a hacerle una oferta que no podrá rechazar”. Cuando esos mismos, expertos en el engaño por haber engañado a muchos mucho tiempo, parecerían convencidos –contrariando un sabio aforismo de Lincoln– de poder engañar a todos todo el tiempo. Y cuando, luego de no haber podido hacerlo con interlocutores entre los más respetables, serios y de buena fe, se asombran de que estos hayan reaccionado con cristiana entereza, y de que puedan existir quienes, fieles de verdad a valores y principios trascendentes, subordinen sus bienes y hasta su vida perecederos a tales valores y principios. Entonces, en estos tiempos y circunstancias, me he acordado de Eleazar.
Ahora, queridos lectores, permítanme que me calle para dar paso al ejemplo de Eleazar con las sobrias palabras del segundo libro de los Macabeos:
“En aquellos días, a Eleazar, uno de los principales escribas, hombre de edad avanzada y semblante muy digno, le abrían la boca a la fuerza para que comiera carne de cerdo. Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a una vida de infamia, escupió la carne y avanzó voluntariamente al suplicio (…).
“Los que presidían aquel sacrificio ilegal, viejos amigos de Eleazar, lo llevaron aparte y le propusieron que hiciera traer carne permitida, preparada por él mismo, y que la comiera, haciendo como que comía la carne del sacrificio ordenado por el rey (…). Pero él, adoptando una actitud cortés, digna de sus años, de su noble ancianidad, de sus canas honradas e ilustres, de su conducta intachable desde niño y, sobre todo, digna de la Ley santa de Dios, respondió todo seguido: ‘¡Enviadme al sepulcro! Que no es digno de mi edad ese engaño. Van a creer muchos jóvenes que Eleazar, a los noventa años, ha apostatado, y, si miento por un poco de vida que me queda, se van a extraviar con mi mal ejemplo (…). Y, aunque de momento me librase del castigo, no escaparía de manos del Omnipotente, ni vivo ni muerto. Si muero ahora como un valiente, me mostraré digno de mis años y legaré a los jóvenes un noble ejemplo, para que aprendan a arrostrar voluntariamente una muerte noble por amor a nuestra santa y venerable Ley’. Dicho esto se dirigió enseguida al suplicio.
“Los que lo llevaban, poco antes deferentes con él, se endurecieron, considerando insensatas las palabras que acababa de pronunciar. Él, a punto de morir a punta de golpes, dijo entre suspiros: ‘Bien sabe el Señor, que posee la santa sabiduría, que, pudiendo librarme de la muerte, aguanto en mi cuerpo los crueles dolores de la flagelación, y los sufro con gusto en mi alma por respeto a Él’. Así terminó su vida, dejando, no solo a los jóvenes, sino a toda la nación, un ejemplo memorable de heroísmo y virtud”.
Y ahora permítanme retomar la palabra, solo para terminar con la muy pertinente cita paulina (Rom 8. 31) de esa tan conocida pregunta condicionada que conlleva en sí mismo la respuesta: Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?