Así es ahora y así ha sido desde que tenemos memoria: en política los asuntos trascendentes se empobrecen y liquidan con un sí o un no. El 28 de septiembre próximo –a pesar de que se ha aceptado que la nueva Constitución entrega aportes sustantivos y da pie a retrocesos problemáticos– vencerá la razón politiquera y perderá la condición humana porque estaremos abocados a restarle méritos a distintos aspectos del texto constitucional; esto es, quienes voten por el Sí minimizarán las ambigüedades, la concentración de poder y los equívocos que el proyecto presenta; de su parte, los votantes por el No tampoco resaltarán la protección social y la estructura de servicio estatal que se consagran. Ambos grupos estaremos cegados y sordos ante los argumentos del contrario.
Las líneas fundamentales de la discusión en torno a la nueva Constitución ya están evidenciadas en la sociedad ecuatoriana y oímos todos los días los libretos a favor del Sí o el No. Unos se han especializado en objetar los ejes que alientan las transformaciones; otros, en resaltar las bondades esquivando aquello que sea motivo de polémica. Nadie debe esperar que el grueso de la población conozca y entienda en su integridad el proyecto, pues no siempre propiciamos foros adecuados para un debate crítico y, especialmente, autocrítico, ya que el hecho de que todo termine en un sí o un no condiciona cualquier actitud de apertura y escucha. El voto político se opone a la experiencia de la vida que enseña que es bastante estrecha la disyuntiva del sí o no. ¿Cómo se procede si queremos votar Sí y No?
Las urnas también nos mutilan y enajenan aunque legitimen la ficción democrática. En otro ámbito de reflexiones, el escritor español Luis Goytisolo, en la novela Liberación, señala: “El ser humano tiende a entender su vida como la lucha de dos fuerzas antagónicas que pugnan en su interior, y la elección de una de ellas, a la que procura ajustar su comportamiento, le lleva a enfrentarse a la otra, lo que conduce indefectiblemente a la infelicidad. Una contraposición como la existencia entre el blanco y el negro, ajena a la evidencia del arco iris, donde cada color se convierte gradualmente en otro. Y en lugar de comportarse de acuerdo con lo que realmente es, suma de fuerzas con frecuencia contradictorias, se comporta de acuerdo a lo que no es…”.
¿Es insensato reconocer que incluso aquellos que esperan una transformación pueden no estar convencidos de la totalidad de los 444 artículos? ¿Qué pasa si unos artículos parecen necesarios, si de otros no se perciben los fines con que serán utilizados, y los más presentan una mala redacción que hará falta inventar una gramática ad hoc para interpretarlos? Cuán complejo es pronunciarse sobre un texto que presenta 444 pedazos como si fuesen un todo infalible. La evidencia del arco iris consiste en concederles valor a los matices y gradaciones en que existimos, y permite enfocar con otra sensibilidad la lucha partidista en busca de adeptos, aunque es cierto que no resuelve el dilema a la hora de depositar el voto, pues, ¿no tienen fundamento los que están por el No? Y, ¿no están en lo cierto los que invitan al Sí?