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MIÉRCOLES | 20 de agosto del 2008 | Guayaquil, Ecuador
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En la vida se recoge todo lo que se siembra

Todos sabemos que en esta vida, se cosecha lo que se siembra. Si yo soy el primero en faltarle el respeto a las personas, ¿con qué cara entonces puedo exigirle respeto a los demás? No hay que ser sabio ni superdotado para saber lo que estoy diciendo, es algo elemental que, se supone, nos han enseñado e inculcado en nuestros hogares desde el momento en que venimos al mundo.

Mientras más arriba se está, es cuando hay que pensar tres veces más las cosas, antes de hacerlas o decirlas. Mientras más arriba se está, es cuando hay que saber ponerse a la altura de determinado cargo que se esté ocupando o representando. Mientras más arriba se está, es cuando hay que saber poner un ejemplo digno por seguir. No cualquiera puede estar arriba, y por eso, mucho respeto merece, pero no por eso, puede hacer lo que quiera, tratar a los demás como se le venga en gana.

Se cosecha lo que se siembra, pisoteando a todos, ganando solamente enemigos, peleándose con la gente, e incluso con instituciones religiosas que merecen mucho respeto. ¿Es así como debe comportarse un personaje con alto cargo? ¿Es así como vamos a seguir? ¿Es así como se debe liderar?

Pensemos bien qué hacer en septiembre; aún estamos a tiempo para cambiar nuestro destino. No hagamos algo que podamos lamentar el día de mañana. Hagámoslo con conciencia y convicción.

Carlos Miguel Pino Kalil,
Guayaquil

Atropellos en la U. Católica I

Soy un ciudadano común, solo tengo un voto que me pidió, como a tanta gente a la que convenció, y yo se lo otorgué esperando que llegue ese día en que vea cumplido todo lo prometido: la justicia social, la igualdad de oportunidades y no la división de la patria.

Somos gente de paz que amamos a Dios, defendemos la vida y a nuestras familias. No pudo enfrentar a los estudiantes de la Universidad Católica de Guayaquil y ordenó que el pueblo se enfrente al pueblo; eso es una cobardía.

Usted, su familia, agnados, están siempre protegidos por la Policía, pero el pueblo se encuentra expuesto al crimen y los delincuentes. Mientras tanto, se dedica a atacar a la Iglesia y defender una Constitución abortista y criminal.

Llegó a mandar con actitud de resentido social y solo a ayudar a los de su partido, pues han copiado y mejorado el mal ejemplo de la partidocracia.

No se deje llevar por esa tentación de cambiar la nación a su hechura y conveniencia de la nueva propuesta de Constitución. Somos un pueblo forajido y no toleramos dictadores.

Patricio I. del Salto,
Quito

Creo que jamás, en ningún país del mundo, ni en el más atrasado, un gobernante elegido por el pueblo (y tal vez ni un dictador) se haya atrevido a azuzar a un grupo de estudiantes para que ataque a otro, como pasó el sábado en la Universidad Católica de Guayaquil.
Y como si fuera poco, los alentó con el muy “valiente” argumento de que sus favoritos eran, supuestamente, mucho más numerosos.

¡Qué vergüenza!, eso es muestra palpable de que el autor de esto confunde al Estado con la esquina del barrio.

Luis Pin Alcívar,
Guayaquil

Atropellos en la U. Católica II
Mi hijo estuvo entre los estudiantes que fueron brutalmente reprimidos. Desde horas de la mañana se vivía un ambiente muy caldeado.

El Presidente llegó a la Universidad con un resguardo policial, militar, guardia particular de la Presidencia, armados hasta los dientes. En los exteriores alumnos de todas las carreras y facultades expresaban su malestar por la visita de Rafael Correa. El aula magna era chequeada por perros buscando bombas. En los corredores de la Universidad, policías en los techos, acostados, con armas de grueso calibre apuntaban a todos lados. Eso fastidió a los alumnos quienes se fueron uniendo más y más, hasta hacer poco controlable el asunto.

La Universidad se cerró. Se tomaron los alumnos las instalaciones con Rafael Correa dentro de esta, donde no podía salir ni entrar ya nadie. En los exteriores de la Universidad Católica (av. Carlos Julio Arosemena) se vivieron momentos de terror cuando alumnos, con padres de familia, transeúntes, choferes de taxis y buses, se enfrentaron a gente de cierto frente universitario de izquierda, a gente de cierto partido político, y policías. Esto se dio cuando la Policía solo dejaba pasar a gente con pancartas del “Sí”, a una Universidad; gente que no era de la Universidad Católica. A esta situación incómoda y poco democrática, la sociedad le demostró un rechazo rotundo, a lo que los policías empezaron a echar gas y dar disparos al aire. Se inició una verdadera pelea de “guerreros” desarmados contra abusivos armados. Hubo golpes de cientos de  hombres, mujeres, choferes. Todo mundo se unió contra esa gente que creía que sometería con el miedo... Y no fue así.

Cuando llegaron militantes de ciertos partidos políticos eso se puso peor, y la gente comenzó a sacar bates y llaves de tuercas de carros, pues la Policía ayudaba –suponemos con órdenes de alguien– a esa gente. La Policía se sumó a ellos, y era la sociedad chira y la pelucona guayaquileña contra todos esos sapos anarquistas. Todo esto, afuera de la Universidad, en la av. Carlos Julio Arosemena.

Mientras, dentro de la Universidad Católica, el ambiente también se puso terrible, y hubo golpes y lanzamiento de gases de parte de la Policía; hubo para todo mundo, a lo que padres de familia y alumnos respondieron valientemente haciéndolos correr y retroceder (aún los otros, siendo más, y estando armados). Ambulancias, iban y venían. A policías y civiles se observaba en estados terribles, por los golpes y la pelea. Al final, Correa salió asustado con sus carros apedreados. Los alumnos gritaban “democracia sí, totalitarismo, no”. Esto es el inicio de lo que se puede dar a nivel nacional, por los excesos con los que están gobernando. Una guerra civil se estaría aproximando. Vientos de guerra se sienten más fuertes cada día. ¿Este es el Ecuador que quiere nuestro Presidente?

Eduardo Viteri,
Guayaquil

Atropellos en la U. Católica III
Leí con sorpresa que el presidente Correa realizó su habitual programa de los sábados desde el aula magna de la Universidad Católica. Todos conocemos ya el estilo habitual que usa en los mismos: la confrontación, la descalificación, la desinformación.

En este crucial momento de la vida política de nuestro país resulta inaudito que las autoridades universitarias hayan permitido que el Presidente “utilice nuestra universidad”, para con ello crear la impresión de que la comunidad universitaria, en forma mayoritaria, apoya sus proyectos totalitarios.

El mandato 14, artículos, y disposiciones transitorias del nuevo proyecto de Constitución, llevan consigo un importante riesgo para la autonomía y funcionamiento de las universidades privadas.

Sería comprensible que el Presidente o sus representantes, participen en debates o mesas de análisis del nuevo proyecto de Constitución, en el ámbito universitario y con jurisconsultos distinguidos relacionados con dichas instituciones; pero definitivamente no, que su monólogo agresivo sea dado desde dichos predios, y menos aún que su presencia en esa institución –caracterizada a lo largo de los años como pacífica– genere tal descontento que luego de su arenga (“ellos son cincuenta y ustedes cuatrocientos, resuelvan el problema”) a los estudiantes que estaban dentro del aula magna, desembocara en una batalla campal. Batalla donde, según fotos publicadas en diarios locales, intervino la Policía derribando al suelo y golpeando a estudiantes y lanzando gas para intentar dispersarlos.

La Universidad, ¿es o no es “católica”? Si lo es, no debió avalar con estas actitudes la injustificable descalificación que ha hecho el régimen, de las máximas autoridades eclesiásticas. Si por el contrario el título de “católica” es únicamente un adorno, se debería evitar suprimir el término de su denominación.

Como ex alumno de la Universidad Católica, y como padre de familia, me pregunto, ¿qué autoridad universitaria autorizó y, por lo tanto, es responsable de no haber previsto que se podrían producir tales desmanes, en forma innecesaria? ¿Los decanos de las diferentes facultades estuvieron de acuerdo?

Joffre Lara,
doctor, Guayaquil

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