miércoles 20 de agosto del 2008 Columnistas

Buenas noticias

La disposición que prohíbe la difusión de imágenes y fotografías de hechos de violencia (accidentes, crímenes,  muertes) con el fin de defender el derecho a la privacidad y bajar el morbo social que generan este tipo de noticias es una excelente noticia.

Las crónicas rojas en diferentes medios, escritos, hablados,  televisivos en vez de producir un rechazo a la violencia la alimentan en la mayoría de los casos. El horror produce en muchos, fascinación. Porque hay que ser sinceros, lo violento a la mayoría de nosotros nos atrae,  aunque de diferentes maneras.  ¿Será que el boxeo, que parece estar a punto de darnos una presea olímpica (¿?), las peleas de gallos, de perros, las corridas de toros, han nacido por casualidad? ¿Quién de nosotros no ha visto cómo se arremolina la gente alrededor de un accidente por más trágico y sangriento que sea y oído la manera descriptiva como posteriormente se lo comenta?

La exposición a los hechos violentos y en cierto sentido macabros, insensibiliza, desconecta de aquel que lo sufre. La víctima pasa a ser un número, una cosa, un hecho diverso.  Y muchos lo consideran normal. Y, lo que es más grave, tienden a repetirlos. Si a esto se añade muchas veces la recreación teatral de esos acontecimientos, tenemos los ingredientes para hacer  una escuela del delito y de la violencia. La percepción cambia cuando esto ocurre con alguien cercano, que amamos, que conocemos. Entonces, solo entonces, muchos se indignan.

Cuando en un programa televisivo hace algunos años se presentó, con el pretexto de no dejar los hechos en la impunidad,  la muerte de una persona cuya esposa lo quemó con aceite mientras estaba en una hamaca, no me produjo extrañeza conocer que una vecina hizo lo mismo con agua hirviendo, a pocos días de ver el programa. Hay una fruición por la mala noticia, que no se limita a presentar la truculencia de los hechos, sino a comentarla, sugerirla.  casi a multiplicarla.

Por eso aplaudo la resolución, que no se va contra la libertad de expresión, porque la libertad sin responsabilidad no es tal.

Los medios educan, a pesar de que muchos sostienen que su labor principal es informar. Aun en la noticia que se escoge divulgar y en la manera como se la comenta, hay una intencionalidad que lleva implícita una formación. (O deformación…).

Es grave también que las imágenes de hechos violentos alimenten las primeras horas de las personas en general más pobres. Las imágenes dicen más que mil palabras y para aquellos que tienen dificultad en leer textos largos, las primeras planas sangrientas son fácilmente asimilables. Lo que se asimila, hace por definición parte de cada uno.

El primer paso está dado y creemos firmemente que en el buen sentido.

Lo importante es que esa regulación, nacida bajo el ángulo de la prohibición, se transforme en una autorregulación que en conjunto nos lleve a elegir el respeto, la sensibilidad, como valores transversales de la comunicación y podamos informar sin regodearnos en lo trágico.

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