“No nos cambien la cabeza y no nos confisquen la palabra”, primeras declaraciones a RTS en Beijing de Jefferson Pérez, apenas ganó su segunda medalla olímpica. La demanda está dirigida a los asambleístas ecuatorianos, a quienes desde la desinformada ausencia por su entrenamiento, el marchista imaginaba aún adocenados en la cómoda quietud de sus curules, inventando la salvación de la patria. Por todo lo que ha hecho por sí mismo y para otros, él se ha ganado el derecho a decir públicamente lo que piensa. Otros, que solo hablan, no se han ganado ese derecho.
Respaldado por un “presupuesto de trece millones de corazones”, como él dijo, la gesta del atleta es, sin embargo, pavorosamente solitaria. La soledad del corredor de fondo, de la que hablaba Alan Sillitoe. En la interminable longitud de la pista, es una ilusión el hecho de que el héroe compite contra otros. La verdadera competencia es contra sus propios fantasmas, en una travesía homérica en la que cada paso es un exceso más allá del bienestar y la seguridad. Sobre el asfalto, cada uno es un guerrero solitario batallando con su miedo y su conformidad. Las medallas son para los libros, para satisfacción de los que miran sentados, para la reelección de los comités olímpicos locales y para momentánea satisfacción del deportista, quien, apenas se baja del podio, ya está pensando en lo que sigue. La victoria en cambio, es de quien domina sus complejos.
La revolución de Jefferson ha modificado una disciplina deportiva anteriormente poco conocida y además mal vista, o no vista. Su dominio de la técnica elevó este deporte a la condición de categoría estética; con cualquier resultado, es un placer verlo deslizarse armónicamente por la pista sin esfuerzo aparente en un cuadro de inusitada belleza. Quien no encuentre arte en la ejecución del cuencano, difícilmente lo hallará en ningún museo. La revolución de Jefferson es también una revuelta subjetiva; es la reivindicación de las posibilidades del sujeto en medio de una estructura social y política que conspira contra la realización particular de los que quieren ser mejores.
La revolución de Jefferson es entonces una genuina revolución política.
En la posmodernidad, cualquier hazaña deportiva es potencialmente un acto político, sobre todo, si el atleta es un pensador inteligente.
Aunque tiene equipo y algunos apoyos necesarios, nadie le ha regalado nada; gracias a ello, él se permite desafiarnos desde Beijing: “Esfuérzate tú mismo y deja de pensar que un salvador te arreglará la vida en cuatro años”. La soledad del corredor de fondo, privilegiada vía para descubrir las trampas de toda demagogia. Jamás a ningún político ni gobierno ecuatoriano le ha convenido tener una verdadera nación de “jeffersons” exitosos, valientes, inteligentes y librepensadores. Las carreras electorales ecuatorianas siempre tratan al votante como perdedor intimidado, el que espera toda gracia de la Gran Mama Estado.
Jefferson Pérez Quezada, un héroe ecuatoriano verosímil, carnal y tangible, como podría serlo cualquier ciudadano que trabaje cada día para ello en el campo particular de su interés. Parafraseando a Hollywood: jamás un ecuatoriano solitario que insiste en considerarse ordinario ha hecho sentir tan orgullosos a trece millones de acomplejados que nos pensamos excepcionales.