- AGO. 18, 2008 - Foto - Cultura - EL UNIVERSO
Fanny Mikey (1930-2008) ha dejado el escenario terrenal exactamente
como vivió su vida: en una temporada teatral en su adorada Cali, donde comenzó
su carrera profesional como actriz, productora y gestora cultural de
realizaciones artísticas que hace dos décadas hicieron posible el Festival
Iberoamericano del Teatro de Bogotá. Lo de Iberoamericano se quedó en la
patente porque así nació, pero lo que el innumerable público que cada dos años
se concentraba en la capital colombiana descubría era una vitrina
internacional, un evento sin parangón en la historia del teatro
mundial.
Ni en Nueva York, ni en Londres, ni en París, ni en
ninguna de las supuestas capitales mundiales del arte en todas sus
manifestaciones ha existido algo equiparable a la propuesta inimitable de la
Mikey, donde las compañías teatrales más renombradas del mundo se concentraban
durante dos semanas en los teatros, calles, coliseos, recintos feriales y
parques de la ciudad que veía atónita no solo espectáculos de toda índole
sino que se constataba la reducción del índice de crónica roja “porque el arte
nunca es solo un simple entretenimiento, sino que nos ayuda a vivir mejor”,
decía Fanny.
El diario El Tiempo de Colombia la recuerda con
palabras muy acertadas: “Tenía la capacidad de visualizar los sueños y
matizarlos con asuntos contables, para que esas ideas se convirtieran en hechos.
En ese sentido era muy racional”.
La Fanny descubierta hace dos años
durante una entrevista en su pequeño ático oficina del Teatro Nacional en Bogotá
–hasta donde la seguí por una escalera de caracol encima del auditorio– tenía
una sonrisa para todo el que se le pusiera delante. Su diminuto escritorio
estaba en medio de un apretado taller laboral que más parecía el set de una
película. Allí se confundían sus asistentes en jeans y extravagantes
camisetas, con acróbatas de un circo de Buenaventura, actores italianos,
finlandeses y japoneses junto al elenco de una compañía africana. Sumergidos en
trámites y discusiones que parecían no tener solución, los balbuceos idiomáticos
y gestuales eran comprensibles para todos.
Esta arquitecta de sueños
imposibles nunca se doblegó ante las críticas y engorrosos problemas que se
amontonaban todos los años antes y durante el festival.
Hasta explosionó
una bomba en el teatro antes de la función inaugural en uno de los eventos
pasados. Fanny reunió inmediatamente a su personal y adaptó otro pequeño espacio
para poder hacer la función al día siguiente: “¡No ha pasado nada y ahora sí,
nos vamos a rumbear!”. El teatro también era una fiesta
interminable.
Igual que el día memorable de su despedida en el monumental
show de fuegos artificiales en el parque Metropolitano en el cierre del último
festival en marzo.
Su diminuta y flamígera figura resplandeció
ante más de cien mil personas y sus emotivas palabras deberían ser parte del
canon de todos aquellos vinculados a las actividades artísticas del mundo:
“Todos nuestros sueños son posibles. Lo único imposible es la guerra”.