En mi artículo anterior hablé de Leni Riefenstahl, quien desgraciadamente debe su fama a su apología cinematográfica del nacionalsocialismo del siglo XX (abreviando, el nazismo). No pensé que los sucesos de estas semanas actualizarían el caso.
Riefenstahl fue ante todo una documentalista y entre sus mejores obras está la filmación de los Juegos Olímpicos de Berlín, que es un paradigma del uso del arte para la glorificación de la tiranía. Quienes vieron la fastuosa inauguración de la Olimpiada de 1936, concebida como un show publicitario del poderío del Tercer Reich, consideran que su esplendor no fue igualado durante muchas décadas. Leni lo documentó.
Cuando el 08-08-08 vi la apertura olímpica más grandiosa de la historia, comenté que esas escenas de masas, a las que su gigantismo no les quita belleza, me recordaban la película china La maldición de la flor dorada. Pocos minutos después me enteré de que esta colosal ceremonia era obra del cineasta Zhang Yimou, justamente el autor de La maldición.
Los Juegos Olímpicos de Beijing son un oprobio a la conciencia internacional. Fueron también el show de una tiranía, que con este suntuoso festejo quiere demostrar su poder y ocultar las violaciones a los derechos humanos y la pavorosa pobreza en que vive la mayor parte de su población. Surge una pregunta: ¿por qué los estados totalitarios, incluso los pobres, son capaces de montar espectáculos más magnos que los que pueden hacer las democracias, incluso las ricas? La respuesta es fácil, porque a los dictadores nadie les toma cuentas y se pueden gastar alegremente casi dos mil millones en una fiesta que los ensalza.
Hitler escogió a Leni Rifenstahl porque ella se había especializado en películas de alpinismo. En estos filmes se destaca la voluntad de triunfar, el esfuerzo, las virtudes campesinas y valores similares, que calzaban a la perfección con la ideología nazi. Si ustedes vieron La maldición de la flor dorada, verán que se trata de una historia de amor frustrada por el poder. Al final prevalece el orden, gana el emperador y los amantes reciben su castigo. Sin embargo, no parece una tragedia, no hay un final feliz, pero hay un final correcto. En todo el mundo y en todas las épocas se han escrito historias en las que el poder y el orden prevalecen sobre el amor, pero siempre la actitud del autor es de lamento por esta desgracia. En cambio Zhang Yimou parece conformarse.
La filosofía tradicionalista china, el confucianismo, se asienta fundamentalmente en el respeto a la tradición y a la autoridad. A pesar de su discurso marxista, las dictaduras chinas han sido esencialmente confucianas. Los cambios de China en los últimos milenios son meramente ornamentales y a veces ni eso, así Zhang ha encontrado una estética confuciana, perfectamente útil a los nuevos mandarines, que rescata los elementos más tradicionales del arte chino. Son manifestaciones de impactante eficacia con un fin perverso. Pero la historia demuestra que esta perversidad del propósito pronto contamina la misma fibra artística, por lo que todas las artes complacientes con los poderosos se vuelven a la corta estereotipadas, pesadas y predecibles.