Cocalero aterrizó dentro de mi cabeza con la ambigua fuerza de sus imágenes antilíricas, aparentemente desprovistas de ese manipuleo tan en boga en una América Latina actual que parece patas arriba, por dizque nuevos y arrebatados sermones políticos. El documental realizado por un joven estudiante de Brown University que vivió muchos años en Ecuador –Alejandro es hijo del banquero Nicolás Landes– se exhibió también en el Festival de Sundance del año pasado, donde algún ruido causó porque estuvo nominada al premio de mejor documental, al igual que el reconocimiento de la Sociedad de Críticos de Argentina, más recientemente.
La tarea más encomiable del realizador es su complejo y difícil acceso al candidato cocalero. El Evo que descubrimos aquí es ya un ganador potencial: su sonrisa jamás se nubla por el aparatoso conflicto social en el cual se encuentra Bolivia y donde siglos de opresión racial lo catapultan a la presidencia. Estamos con él y su pequeño séquito, donde hasta su chofer tiene su merecido espacio. Evo parece integrarlo todo y a todos. Hasta la naturaleza –la tan mentada pacha mama– cuando él se sumerge en un riachuelo en medio de sus andares y el placer del agua fresca parece contagiar al director.
En el séquito está Leonilda Zurita, la sindicalista que a veces funge como la verdadera estratega del candidato socialista. Con ella entramos en una de esas neblinas características en muchos de los documentales que vemos ahora en América Latina.
Lo que importa es la rebelión y el triunfo inmediato, pero nunca la introspección y peor que eso la reflexión o el cuestionamiento de una causa que en Cocalero parece ser la única, salvo en la brevísima secuencia de Santa Cruz, donde un hombre y una mujer dominan el show con sus gritos contra Evo.
Allí quisiéramos entrar más, pero eso no interesa a Landes, porque su visión se reduce al nombre del documental. Más allá de los cocaleros –cientos de miles de indios cuya actividad se ve amenazada por la guerra antidrogas de EE.UU.– hay un país que nunca es ni siquiera advertido por la película. La diseñadora que prepara el atuendo del nuevo presidente indígena resulta ser una descendiente de Antenor Patiño, legendario magnate boliviano que fue uno de los hombres más ricos del mundo, una de las obvias causas de la revolución que sacude el país. Pero de eso nos enteramos por otro lado.
Nos quedamos, entonces, con la sempiterna sonrisa de Evo y su peregrinaje triunfalista. ¿Y lo que hay detrás de esa faz? “La única realidad que la cámara puede describir es la que se esconde dentro de nosotros”, decía con claridad Peter Bondanella en su estudio sobre Federico Fellini, otro realizador que “imaginó” documentales. En esos planetas particulares sí nos quedamos, porque el verdadero realista es el que más nos revela las interioridades de su alma.