El proyecto, en su primera parte terminado, luce ambicioso pero coherente. El sitio ubicado en la avenida Orellana no puede pasar desapercibido. Un letrero gigantesco anuncia la presencia de Petroníssima. En un solar de casi tres mil metros cuadrados donde podrían haber levantado un hotel de cinco estrellas o cualquier edificio de muchos pisos.
Se puede divisar aquel espacio inmenso donde las mesas se pierden un tanto, pero la idea es acomodar poco a poco zonas verdes, quizás algo de agua (¿fuente luminosa?), amplia zona de estacionamiento totalmente cercada y resguardada. Un quiosco central da por lo pronto la necesaria zona de sombra. Doña Petrona no es advenediza. Tiene como 37 años de risueña existencia. Después de convertirse en tradición quiere ser proyección.
Recuerdo, hace muchísimos años, haber objetado a mi amigo Jaramillo que no se podía hacer buen espagueti si no se disponía de la sémola de trigo duro. Aquel ingrediente permite cocer la pasta “al dente”, es decir, guardándole aquel punto de firmeza en vez de convertirla en melcocha. Un buen plato de spaghetti elaborado en su punto clave debe mostrar la pasta suelta. Petroníssima adquirió equipos de la más alta tecnología, importó su semolina de trigo duro (creo que son los únicos en hacerlo), preparó sus pastas frescas, lo que nos permite saborear excelentes fettuccini. Trescientas personas caben en aquel megacentro de la pasta. Fotografías gigantescas a todo color de platos apetitosos evidencian una intención de marketing sumamente válida.
Petroníssima ya logró captar la clientela de muchos ejecutivos, oficinistas de la avenida Orellana. Recuerden que por allí se encuentran dos canales de televisión, bancos, grandes almacenes. La gente busca calidad pero también cuida el presupuesto. La gastronomía italiana permite comer platos sencillos y en este caso a precios de combate. Entonces, el punto de partida de aquella nueva empresa tenía que ser la pasta.
Luego surgió la idea de lo que llaman “delicatessen” (alimentos selectos). Quizás diríamos “exquisiteces” como lo propone el Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia. En el caso de Petroníssima, estamos hablando en un sentido más general: panes, pastelería, pastas de todo tipo para el consumo inmediato o llevar a casa, leche, yogures de todo sabor.
Quise poner a prueba la calidad escogiendo el producto más prosaico, nada vistoso ni pretencioso: el pan de molde. Unté en él la mejor mantequilla que tenemos en el mercado, me topé con una muy grata sorpresa. Epicuro comprará allí su pan para el desayuno diario. Tal vez se dejará tentar por otras variedades: pan integral, cruasanes (los franceses dicen croissants) y de repente helados de toda clase. Cuentan con un chef holandés para los panes y uno italiano para las pastas.
La idea de Petroníssima no es la de competir con los restaurantes italianos existentes desde luego muy respetables, variados, con platos a veces sofisticados, sino ofrecer a los ecuatorianos una propuesta basada en la más ajustada relación calidad-precio.
Epicuro padece agorafobia, es decir, incomodidad en sitios muy grandes donde imperan cemento y adoquines. Recomienda al señor Jaramillo contratar a un decorador que pueda convertir este sitio en maravilloso oasis. Asegura que el éxito, entonces, será bárbaro. Por lo pronto he desayunado allí, lo volveré a hacer, Probé también buenas pastas de tipo casero en agradable salsa.
En aquel sector de intensa actividad comercial, Petroníssima tiene inmensas posibilidades. Es cuestión de tiempo, paciencia, hasta que Guayaquil se entere de su existencia, de sus precios en un lugar sumamente informal.