- AGO. 17, 2008 - Foto - Religiosa y Obituarios - EL UNIVERSO
La curación que nos presenta hoy el evangelio de la misa, nos la cuenta San Mateo. Tiene por beneficiaria a una chiquilla de desconocida edad que no pertenecía al pueblo israelita. Y la logra su mamá, que supo de Jesús y sus milagros, a fuerza de pedir y no desfallecer.
“Una mujer cananea –nos relata San Mateo– saliendo de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo”. Pero el Maestro, que había oído su mensaje desde que empezó a pedir, “no le respondió nada”.
La mujer siguió gritando y caminando tras Jesús, hasta que los discípulos, hartos ya de cantilena, le rogaron al Maestro que le hiciera caso. No porque les diera pena de la madre o de la hija, sino por fastidio puro y duro: “porque viene detrás gritando”, le explicaron. Lo consigna sin rubor el evangelio.
Como el paso de Jesús en busca de las almas nunca fue cansino, es muy lógico pensar que la mujer, con fuelle para caminar gritando largo tiempo, fue una madre sana y joven. Y que por tanto su hija, debiera ser pequeña.
Jesús aprovechó la petición de los discípulos para recordarles que el encargo recibido por su Padre Celestial, era solo predicar a los israelitas. Y justo cuando comenzaba a recordarles que serían ellos los que enseñarían la verdad a los gentiles, “ella los alcanzó, se postró ante Él, y le pidió: Señor, socórreme”.
Entonces comenzó un diálogo asombroso. Jesús le dice a la mujer que no. Que no se puede dar el pan que han de comer los hijos, a los perros. Es decir, a los paganos. Mas, la joven madre, le responde de inmediato: “Tienes razón, Señor; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos”.
La verdad de este argumento, y sobre todo la humildad con que se expuso, hizo que Jesús perdiera en apariencia la cabeza y respondiera: “Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas”. Y “en aquel momento –subraya el evangelio– quedó curada su hija”.
¿Qué me enseña la señora cananea? A exponer mi petición sencillamente; a insistir con tozudez cuando parece que Jesús no me hace caso; y a esperar seguro que seré escuchado.
O dicho de otra forma: a orar siempre con fe, con humildad, con confianza y con perseverancia.