Apenas amanecía, cuando Francisco J. Perez hizo la llamada. Sujetando fuertemente el auricular del teléfono público, habló de su habilidad para extender concreto, su experiencia en carpintería y su amor por la pintura. Caminó de un lado a otro nerviosamente, mientras se picaba las uñas maltratadas y cubiertas de lodo seco, y luego colgó, triunfante, el auricular.
Este día, a diferencia de la semana anterior o aquel día de marzo cuando los patrones lo engañaron para que trabajara sin paga, ganaría dinero.
Para las 6:30 horas de un miércoles reciente, el desfile de jornaleros ya había comenzado. Docenas de hombres robustos con botas polvorientas se unieron a Perez en las cuatro esquinas de las avenidas Ditmas y Coney Island, en Brooklyn.
Iban con la esperanza de que un asomo de fuerza detuviera a las camionetas de la construcción que pasaban por el lugar. Los menos robustos entre ellos sacaban pronto sus papeles de inmigración, algunos a punto de desintegrarse, rogando por que este día, su estatus legal pudiera darles una ventaja.
Observar el proceso de contratación en una intersección de la ciudad de Nueva York es echar un vistazo a cómo la desesperación, la iniciativa emprendedora y los lazos regionales toman forma y luego se disuelven en tres horas.
Perez, inmigrante hondureño de 22 años de edad, estaba sentado, solo, en la sombra, con su ropa de trabajo como cojín.
Su éxito produjo celos silenciosos dentro del grupo de jornaleros que se formó este día. En su esquina, hombres de Guatemala, Ecuador y México se mantenían a distancia. Perez, emocionado por los 85 dólares a la vista por 10 horas de trabajo, se sentía optimista.
“Para mí, ésta es una buena vida”, dijo, en español. “Si supiera inglés, tendría un empleo mejor, pero este no está nada mal”. A las 6:45, una camioneta de la construcción se lo llevó.
Los hombres que quedaron se acomodaron por región, los latinos en un lugar, los paquistaníes en otro y los nepaleses y tibetanos en su propio montón.
En medio de la concurrencia estaba de pie Jacky Sing, indigente que parecía esperanzado en conseguir un empleo, pero mientras tanto bebía una Budweiser.
Los 8 paquistaníes hablaban sobre la vida difícil en Estados Unidos. Mohammad Ejaz, de 58 años, dijo que tenía la mitad del número de trabajos que tuvo el año pasado. Zahid Shad, de 41, señaló que había trabajado 4 días en los últimos 2 meses.
Tariq Bukhari, de 45 años, dijo que hace 5 vino a Estados Unidos para mantener a sus 5 hijos en casa.
“La gente tiene la ilusión de que Estados Unidos tiene dinero en abundancia”, dijo Bukhari. “Sacudes un árbol y cae el dinero. Ése es un gran sueño, pero no es cierto”.
En la acera de enfrente, Lucas Puac, de 19 años, aguardaba junto con otros tres guatemaltecos en espera de que la juventud y la flexibilidad los hiciera destacar. Puac, inmigrante ilegal, dijo que se había ganado una buena reputación con varios contratistas. Sin embargo, señaló que se sentía víctima de abuso por los bajos salarios, que ascendían a entre 600 y 1.000 dólares mensuales.
“Los patrones saben que somos ilegales”, dijo Puac, en español, “pero no creen que tenemos derecho a una vida decente”.
El centro de gravedad de la intersección yace fuera del Three Star Food Mart. El abasto es un nexo de conflicto diario. Al menos una vez a la semana, Shiraz Azam, cajero nocturno, llama a la policía para que disperse a la gente reunida frente a la tienda. “Necesitan un empleo”, señaló. “Sin embargo, ¿qué hacen? tiran basura y molestan a los clientes. No interfieran con el trabajo de los demás”.