Las fotos muestran extremidades destrozadas, rostros quemados y heridas que sangran copiosamente. Los individuos principalmente son soldados estadounidenses, aunque incluyen a iraquíes y afganos, algunos de ellos niños pequeños.
Aparecen en un nuevo libro, Cirugía Bélica en Afganistán e Irak: Una Serie de Casos, 2003-2007, publicado discretamente por el Ejército de Estados Unidos. Es la primera guía de técnicas nuevas para cirujanos estadounidenses de campo de batalla en ser publicada mientras aún se libran las guerras que analiza.
Sus 83 descripciones de casos de 53 médicos de campo de batalla son clínicas, pero las horribles fotografías ilustran la espantosa naturaleza de las guerras de hoy, en las que más resultan heridos por explosiones que por balas y el blindaje corporal deja a muchos vivos, pero mutilados.
Y los casos detallan avances importantes en el tratamiento de amputaciones por explosión, hemorragia masiva, conmociones cerebrales causadas por bombas y otros traumas de la línea del frente.
Sin embargo, Cirugía Bélica no es fácil de encontrar. Hubo esfuerzos intensos dentro del Ejército durante el último año para censurar al libro y mantenerlo fuera de las manos civiles. Sin embargo, estos esfuerzos fueron rechazados por sucesivos directores médicos del Ejército.
“Me siento avergonzado de decir que hubo personas, incluso en el departamento médico, que dijeron: ‘Los civiles estadounidenses primero pasarán sobre mi cadáver para ver esto”, declaró David E. Lounsbury, uno de los tres autores del libro. Lounsbury, de 58 años, internista y coronel jubilado, participó en las invasiones de 1991 y del 2003 de Irak y fue el editor de libros de texto de medicina militar en el Centro Médico Walter Reed del Ejército.
“El cirujano promedio, civil o militar, nunca ha visto estas cosas”, afirmó Lounsbury.
“Sí, han visto muchachos con heridas de bala en el pecho. Sin embargo, la clase de explosión feroz, quemadura y trauma penetrante que es parte de la herida moderna causada por un IED (dispositivo explosivo improvisado, por sus siglas en inglés) no se asemeja a nada que hayan visto, aun en una sala de emergencias de Manhattan”.
Las imágenes muestran heridas llenas de mugre, genitales amputados por una bomba a la orilla de la carretera, una costilla —presuntamente de un bombardero suicida— incrustada profundamente en el cuerpo de un soldado y la cola de un cohete sin estallar sobresaliendo de la cadera de otro.
El libro fue creado para enseñar las técnicas que adoptaron los cirujanos, al abandonar antiguos hábitos.
Por ejemplo, ya no bombean solución salina en un paciente con trauma masivo para tratar de volver a subir la presión arterial a 120. “Si uno hace eso, termina con un paciente sumamente diluído, frío, sin factores coagulantes y la alta presión reanuda la hemorragia”, explicó Lounsbury. En lugar de ello, tratan de aumentarla a sólo 80 ó 90 con glóbulos rojos y plaquetas extra, que estimulan la coagulación.
Además, la cirugía inicial incluso en un paciente gravemente herido podría ser breve —sólo la suficiente para controlar la hemorragia y evitar la contaminación por un intestino desgarrado. Entonces el paciente es regresado a cuidados intensivos para entrar en calor, aumentar la presión arterial y restaurar el balance de electrolitos. La siguiente operación por lo general es sólo lo suficiente para estabilizar al paciente para transportarlo a un hospital más sofisticado, quizá en Bagdad o Kabul, en Alemania o Estados Unidos.
Las amputaciones también han cambiado. El hermano de Lounsbury perdió ambas piernas y un brazo en Vietnam y en esos días se realizaban amputaciones limpias tipo “guillotina”, tan altas como fuera posible.
Hoy, los cirujanos tratan de preservar la mayor cantidad de hueso y carne que puedan, aunque el muñón sea antiestético. Las prótesis modernas se moldean a él.
Y cuando la morfina no es suficiente, los bloqueos nerviosos —goteos internos de anestesia local, frecuentemente administrados por una pequeña bomba sostenida por el paciente— se han vuelto comunes para controlar el dolor.
Los censores militares sugirieron numerosos cambios, entre ellos quitar las fotos que mostraban vehículos incendiándose y el rostro de cualquier estadounidense lesionado.
Sin embargo, los autores argumentaron que el libro estaba dedicado a los soldados y marines y que los heridos estaban orgullosos de ser identificados como tales.
Kevin C. Kiley, director médico del Ejército cuando el libro estaba siendo preparado, dijo que a algunos oficiales de alto rango en las fuerzas armadas les había preocupado que las imágenes “podrían ser manipuladas políticamente para mostrar los horrores de la guerra”.
“El argumento para rebatir eso, con el que coincido”, expresó Kiley, “fue que este es un libro de texto médico que podría salvar vidas”.