Tres meses después de hacer erupción, en lo que los científicos dicen que quizá haya sido la primera vez en 9.370 años, el volcán Chaitén continúa amenazando con cubrir con ceniza volcánica al poblado aledaño.
Los efectos secundarios de la erupción, en mayo, destruyeron la mitad del pueblo de 5.000 habitantes.
La incertidumbre sobre si acaso alguna vez regresarán a la vida tranquila a la orilla del mar que adoraban, atormenta a muchos de ellos.
Para las autoridades, qué hacer con los desplazados se ha vuelto un problema, y Chaitén, aunque es diminuto, alerta sobre la necesidad de comprender las amenazas que representan cientos de volcanes potencialmente activos en el país.
Incluso Santiago de Chile, la capital, está situada en los márgenes de un río que drena las laderas de tres grandes volcanes potencialmente explosivos.
El gobierno de la presidenta Michelle Bachelet ha comenzado a abordar los peligros. En junio, Chile firmó una carta de intención con el Servicio Geológico de Estados Unidos para desarrollar un sistema de alerta temprana y respuesta de emergencia que detectaría la actividad sísmica en los volcanes.
El 2 de mayo, el volcán Chaitén entró en actividad, al arrojar gases calientes y ceniza a 19 kilómetros de altura. La mayoría de los residentes se marchó, al tiempo que algunos científicos advertían que podría ocurrir una erupción de la escala del monte Vesubio, que en el año 79 acabó con la ciudad romana de Pompeya en menos de un día. Al igual que Pompeya, Chaitén está a sólo 10 kilómetros del volcán.
Ahora, una explosión tipo Vesubio parece poco probable, dijo Charles R. Stern, catedrático de geología en la Universidad de Colorado, especialista en evolución geoquímica y vulcanismo en Centro y Suramérica.
El 8 de agosto, el volcán estuvo arrojando cenizas y humo a sólo 3 kilómetros de altura, dijo Jorge Muñoz, vulcanólogo del Servicio de Geología y Minería de Chile.
Al día siguiente, indicó, el número de temblores registrados en los 10 días anteriores había promediado 10 diarios, en comparación con los 200 a 300 temblores diarios de fines de julio.
Mientras que la erupción inicial perdonó al poblado, 10 días después el río que corre junto a él, crecido con el material volcánico y la lluvia invernal, se desbordó, lo que depositó árboles y lodo gris suave sobre la mitad de Chaitén.
En días pasados, la escena era surrealista. Las casas estaban llenas casi hasta el techo con el material grisáceo, algunas partidas en dos por el peso del agua llena de fango. Un autobús en la calle principal quedó sepultado hasta las ventanillas. Donde antes el agua bordeaba las márgenes del puerto, ahora hay botes que descansan sobre el lodo.
Los residentes continúan regresando a Chaitén para tratar de recuperar sus pertenencias. Muchos viven en Puerto Montt, una ciudad grande a 12 horas por ferry al norte de Chaitén, donde el Gobierno los ha reubicado.
Pedro Vásquez, ex coronel del Ejército, se mudó a Chaitén hace 8 años y se retiró allí con su familia.
Ahora maneja desde Palena, un pueblo a aproximadamente 110 kilómetros de distancia, donde se había reubicado su familia.
“Ni mi familia ni yo les tememos a los volcanes. Volvimos para trabajar y reconstruir nuestra casa y nuestro pueblo”. Sin embargo, al igual que muchos, Vásquez dijo haberse dado cuenta de que quizá no sería posible.
Más de 150 erupciones conocidas han resultado de 30 volcanes en el país desde aproximadamente el año 1600, señaló Stern. “Es sólo cuestión de tiempo para muchos pequeños poblados chilenos”.