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El crédito crece a la par del riesgo

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El número de tarjetas en Turquía subió a 38 millones. Un empleado de banco recluta clientes.
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Agosto 17, 2008

Por MARK LANDLER | ESTAMBUL

Pocas exportaciones estadounidenses demostraron ser tan populares como las tarjetas de crédito. En apenas una generación dejaron de ser un símbolo de prosperidad occidental y se convirtieron en un accesorio cotidiano en Brasil, México, India, China, Corea del Sur y en todas partes. Más de las dos terceras partes de los 3.670 millones de tarjetas de pago que hay en el mundo circulan fuera de Estados Unidos.

Esas salidas de compras globales convirtieron a Visa y a MasterCard en maravillas de Wall Street: Visa completó en marzo la mayor oferta de acciones de la historia estadounidense, y las acciones de MasterCard subieron casi 500% desde que la empresa empezó a cotizar en bolsa en 2006.

Las oportunidades de obtener mayores ganancias se encuentran fuera de Estados Unidos. Las compañías emisoras de tarjetas ganan cobrando una suma por cada tarjeta y un pequeño porcentaje sobre las compras. (Los bancos ganan mediante el cobro de intereses.)

En Asia, América Latina y Europa central, el volumen de transacciones aumenta entre 20% y 30% por año, más del doble de la tasa de crecimiento que en Estados Unidos.

Sin embargo, cuando se extienden tarjetas de crédito a consumidores no sofisticados –como suele pasar en tiendas, fábricas y universidades de países en vías de desarrollo de medianos ingresos– éstos pueden acumular deudas que tardan años en saldar, si es que alguna vez lo logran.

En Corea del Sur, por ejemplo, el aumento de los incumplimientos en 2003 desencadenó una crisis nacional. La feroz competencia en un mercado desregulado había dado lugar a la emisión de 148 millones de tarjetas en un país de 49 millones de habitantes. Hoy, especialistas del sector señalan que es posible que surjan peligros similares en mercados en rápido crecimiento como Turquía y China, donde hay más de cien millones de tarjetas.

En Turquía estar endeudado suponía un estigma. Algunos hasta lo compararon con la desgracia que lleva a la gente a matar por honor. “Los que matarían a sus hermanas o hijas por deshonrar a la familia harían cualquier cosa para evitar que se los calificara de deudores”, dice Nazim Kaya, presidente de la Unión de Consumidores, un grupo que ayuda a quienes se endeudan.

Pero un cambio cultural barrió con siglos de tradición. Hace apenas 30 años, en Turquía había menos de 10.000 tarjetas, mientras que en la actualidad hay más de 38 millones.

A medida que se extendió la bendición de las tarjetas de crédito, también lo hizo la maldición de la deuda que llegó en Turquía a casi 18.000 millones de dólares el año pasado, un monto 6 veces superior al de 5 años antes. El incumplimiento creció y los grupos de consumidores protestaron por los intereses astronómicos.

Los diarios se llenaron de historias de desesperados titulares de tarjetas que se suicidaban o mataban a otros. En 2006, las protestas llevaron a las autoridades turcas a aprobar una ley que ponía límites a la concesión de tarjetas de créditos.

Las tarjetas aceleran el desarrollo económico. Son un recurso para quienes no tienen una cuenta bancaria pero cuyos ingresos les permiten comprar motos o electrodomésticos.

Al registrar las transacciones, también reducen las dimensiones de la economía en negro, lo que permite a los gobiernos recaudar impuestos que de otro modo perderían.

Se trata de un negocio lucrativo para los bancos turcos: la ganancia por tarjeta es mayor que en Estados Unidos, lo cual hace que los bancos resulten atractivos para los inversores extranjeros. Sin embargo, Turquía proporciona una historia de advertencia.

En el elegante centro comercial Akmerkez de Estambul, el canto de sirena del crédito está presente en todas partes. Los avisos en los negocios prometen descuentos si los clientes pagan con una tarjeta preferida. Las dos principales compañías emisoras de tarjetas de Turquía, Yapi Kredi y Garanti, tienen sucursales allí. En la era del todo vale anterior a la ley de 2006, los bancos entregaban solicitudes a las familias mientras éstas hacían sus compras.

Así fue como Halim Uzel probó el crédito. En 1999, dos vendedores de un banco llegaron a la fábrica textil donde trabajaba. Halim les mostró el documento y su teléfono celular, llenó un formulario y en tres semanas recibió una Visa y una Master- Card por correo.

Para 2001, Uzel estaba endeudado. Ganaba el equivalente de 4.360 dólares por año y tenía un saldo impago de casi 6.000 en 5 tarjetas de crédito. Siete años después, luego de pedir dinero prestado a familiares, amigos y hasta a su jefe para cumplir con los pagos, por fin canceló sus tarjetas. “Perdí los mejores años de la juventud”, dice Uzel, que tiene 32 años. “No tuve vida social durante 10 años. Les di a los bancos hasta la última moneda que tenía en el bolsillo”.

Los banqueros admiten que hubo excesos.En 2001, la economía turca casi se había derrumbado.

La principal actividad bancaria, el otorgamiento de préstamos al Estado, ya no era rentable, de modo que las entidades se concentraron en el crédito al consumo. Como eran muchos los turcos que no tenían cuenta bancaria, la forma más rápida de organizar el negocio fue extender tarjetas de crédito. La primera tarjeta, de Diners Club, llegó a Turquía en 1968, seguida de American Express. La llegada de Visa aceleró las cosas al contribuir a establecer un sistema de pagos de tarjetas entre bancos.

Para cualquier mercado en rápido crecimiento, el ejemplo más escalofriante de una cultura de crédito vertiginosa es Corea del Sur. Los grupos industriales y los bancos coreanos bombardearon a los consumidores, incluso a estudiantes secundarios, con tarjetas de crédito gratis que nadie había solicitado. Competían por ofrecer ventajas de efectivo cada vez mayores.

A medida que los consumidores retiraban efectivo con tarjetas nuevas para pagar las viejas, las deudas se fueron acumulando. En 2003 el incumplimiento alcanzó el 28% y la industria se desplomó. El Gobierno tuvo que intervenir para rescatar a las compañías emisoras.

“Aprendieron una importante lección”, señala Park Chang-gyun, profesor de negocios de la Universidad Chung-Ang, en referencia a las empresas de tarjetas de crédito. “Ya no corren ciegamente detrás de un mayor porcentaje del mercado.”

En Turquía, fueron estadísticas sombrías las que motivaron el cambio. Entre 2003 y 2006, declaran los grupos de consumidores, 41 personas murieron –se suicidaron o fueron asesinadas- como consecuencia de deudas con tarjetas de crédito.

La ley turca de 2006 puso un tope al interés mensual que cobraban los bancos. La ley vinculó el límite de crédito al ingreso del usuario, duplicó los pagos mínimos y exigió mayores controles de antecedentes de crédito.

La economía turca se enfría y aumenta la inestabilidad política.

Con una inflación de dos dígitos y tasas de interés del 16,75%, los intereses mensuales máximos de las tarjetas siguen siendo altos. “Este es un lugar muy volátil”, dice Ali A. Ertenu, un banquero que trabajaba para Yapi Kredi. “Si hay una depresión global, los clientes podrían verse en problemas”.


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