sábado 16 de agosto del 2008 Columnistas

¿Es una cuestión de límites?

Una publicación en la red –la omnipresente WWW– de una “ficha de valores”,  de parte de un sacerdote mexicano en la dirección www.desdelafe.com.mx,  me llama la atención. Y reparo oportunamente en ella porque en estos días de ataques y desapariciones de adolescentes en las cercanías de sus colegios, el hecho pone al pensar en los riesgos específicos de las mujeres.

El bienintencionado religioso hace un llamado a las chicas a defender el pudor, esa cualidad imponderable que podría entenderse como una limitante de la conducta o como una virtud básica del ser humano, según haya sido el estilo de su educación. Un sentido de la reserva, la creencia de que la intimidad es un privilegio que no se puede compartir con todos, el resguardo de algunos “tesoros” propios en los que podría caber el cuerpo personal, caben en el concepto. Pero también hay que admitir que nos llega marcado por la cultura y la historia.
Lo que fue reacción púdica ayer (y el artículo de marras así lo anota a base del ejemplo de las largas faldas femeninas y los pies cubiertos por botines), ya no lo es hoy.  Nuestro escritor Juan León Mera en su novela  Cumandá,  alaba las cualidades de su protagonista, salvaje del Oriente ecuatoriano, celebrando un pudor que no calza ni con apariencia exterior de una mujer de la selva.

Lo interesante es que el texto entrega “recomendaciones” para evitar una agresión sexual que derrama una manera de entender las relaciones intersexuales a base de interpretar los signos del sector violento y degradado de la humanidad, como si todos los hombres –he aquí el planteamiento implícito del macho como agresor– fueran atacadores en potencia. Decirle a las mujeres, por muy jóvenes e inexpertas que sean, “no te quedes sola con un hombre, aunque sea conocido” es declarar que en cada elemento masculino se esconde un torcido opositor de su integridad. Y que los amigos de farra o los compañeros de la infancia, hayan sido capaces de ataques a las chicas en medio de sus ordalías de diversión, no condena a todos los demás ni justifica esta orientación a la desconfianza como manera básica de comportamiento.

“No uses ropa provocativa”, “cuida tus miradas y tus gestos” vienen por el camino de una vivencia de la libertad así como el ejercicio del sentido común. No defiendo ni la moda –que me parece fundamentalmente una trampa del consumismo, al mismo tiempo que le reconozco su derecho a buscar la expresión estética a través de la imagen de la persona– ni la tradicional herramienta de la seducción femenina. Defenderé siempre el derecho al comportamiento libre y responsable de cada acto, ya sea privado o público; cada persona debe poder decidir cómo se viste, con qué medios se adorna, bajo qué premisas respeta o transgrede las costumbres, esas que no son leyes.

Propongo un énfasis educativo en la capacidad de hacer elecciones propias que arrostren sus consecuencias. En las relaciones emocionales, así como hay seducción, debe haber puesto cabal para la respuesta negativa; olfato para percibir las situaciones de peligro, sentido crítico para identificar a los actores de la palabra mentirosa. Y propongo también el reconocimiento en esta sociedad al varón que ha aprendido a respetar y convivir respetuosa y serenamente con las mujeres.

No se trata de volver a encerrar al sexo femenino, bajo el pretexto de los peligros que hoy sortea por el hecho de comportarse como ser humano.

Columnistas

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.