La maestra ecuatoriana emprenderá el próximo septiembre una gira por Corea del Sur y Japón, para presentar su última creación, Yaku Samai, el espíritu del agua. Viajará con su compañero, el músico cubano Moti Deren.
A Susana Reyes la voz no parece brotarle de las cuerdas vocales, sino del fondo del vientre o mejor dicho del perineo (piso pélvico), que para ella es “la perla” desde la cual se capta la energía y donde, para los sabios orientales, se ubica el primer chakra (centro energético). Sus respuestas surgen largas y pausadas, y culminan, como si fueran las ramas de un árbol, en la expresión extendida de sus brazos y sus manos. “La danza te permite conectar con tu ser. Cada parte de nuestro cuerpo es un reflejo de nuestra historia”, explica esta quiteña gestora de muchas causas, todas ellas relacionadas con la danza.
Fundó hace 16 años la Casa de la Danza y hace 5 años realiza el Festival Internacional Mujeres en la Danza, junto a su compañero, el músico cubano Moti Deren. Este festival, que “se ha convertido en una gran minga”, ha logrado consolidarse hasta ser un referente latinoamericano, dice. Además, como parte de su interés por las posibilidades terapéuticas de la danza, generó el proyecto Desde la Danza para la Vida, que ha formado hasta el momento 30 promotoras de la autoestima que dictan talleres en diferentes zonas del país. Tal vez a lo único que no le gusta responder es a su edad. “Como cincuenta”, dice y pasamos a lo que interesa ahora: la gira que emprenderá todo el mes de septiembre a Corea del Sur y Japón, para presentar su última creación, Yaku Samai, el espíritu del agua.
¿Cómo así para Corea y Japón?
Fuimos invitados (ella y Moti Deren) a un Festival de Coreógrafos en Corea del Sur del 3 al 8 de septiembre. Yaku se presentará en la apertura del festival y también llevo un conjunto de obras cortas. Luego haremos una gira por Japón, del 10 al 24. Mis maestros son japoneses y yo nunca he ido...
Usted llama a su estilo danza butoh de los Andes. ¿En qué consiste?
Después de los ataques a Hiroshima y Nagasaki surge en Japón esta tendencia que rechaza todo lo occidental y propone una ruta hacia el interior del ser. La danza butoh es la danza de la memoria, consiste en exploraciones profundas que llevan al danzante a la búsqueda del ser primigenio y la desestructuración de lo aprendido. En vez de acumular, como en otros estilos, la danza butoh tiende a ir eliminando. El butoh me llevó a desprenderme de imposiciones y prejuicios, y a encontrar mi unicidad y mi propia cultura.
¿En el escenario esto se expresa a través de la improvisación?
Esto depende del coreógrafo, algunos utilizan una estructura madre y otros son más abiertos, pero cada función tiene un aliento propio, es una danza que emana.
¿Cuál es el vínculo de la danza butoh con la cosmogonía ancestral andina?
Me conecté con la danza butoh en los noventa, pero antes, en una gira en los Estados Unidos, pensaban que era una bailarina butoh. Para mí ha sido una puerta porque estuve ligada al Frente Independiente de Danza, pero siempre faltaba algo: mi voz interior. Ahora si vas al Museo Antropológico del Banco Central puedes constatar que la cultura indoamericana también tenía un sistema de sanación a través del cuerpo, lo que en yoga se llama asanas y aquí les llamamos runas.
¿Cómo fueron sus inicios?
Cuando vivía en el barrio La Loma Chica (centro histórico de Quito), en la calle de Los Milagros, las fiestas de la Virgen, que son una manifestación religiosa-popular, para mí eran danza. Luego en el colegio 24 de Mayo me integré al taller de danza folclórica. Allí empiezo a intuir que en mí hay un ser interior. Más adelante hice talleres en la Casa de la Cultura y me vinculé al Instituto Nacional de Danza, donde me gradué como bachiller en Artes en 1978. En los años ochenta hice un recital a dúo con el bailarín Juan del Hierro (ahora en Puerto Rico), que para algunos fue una audacia y para mí fue el germen para creer que el arte sí sirve para regenerar al ser humano.
Usted repite constantemente “soy de barrio”, ¿eso le cerró alguna puerta?
Lo que he hecho es no cerrarme puertas a mí misma. El arte verdadero es el que rompe toda limitación creada por el ser humano; lo compruebo cuando a mis presentaciones llega gente de poncho y estola.
¿Logra vivir de la danza?
Del grado de amor que pones en las cosas, lo logras.