viernes 15 de agosto del 2008 Columnistas

La cárcel psiquiátrica

¿Quién protege a los miles de pacientes de los hospitales psiquiátricos del país? Aparentemente, esos dolientes no son ciudadanos ya que no pueden ejercer a plenitud sus derechos y están sometidos a una reclusión que desdice de los avances científicos y lesiona la consideración de igualdad ante la ley. Para los políticos prácticos, los internos de los institutos psiquiátricos no cuentan puesto que no votan en las urnas; esto es, al no ser sujetos políticos –al contrario, la interdicción que pesa sobre los pacientes afecta aún más su desarrollo humano–, ninguna autoridad salvaguarda el derecho en los hospicios. Lo cierto es que los convalecientes son menos que personas. ¿Actúa así la sociedad que anhelamos?

Es de lamentar que la campaña electoral en la que estamos inmersos reduzca la capacidad de pensar y discernir, porque no hay espacio para cuestionar los servicios de la llamada salud mental, a tal punto que el modelo de hospital que tenemos ha aupado, para institucionalizar el encierro, una alianza poderosa entre los directivos hospitalarios y los familiares de los pacientes; así, el hospital se convierte en un depósito de proscritos. El pacto entre los galenos y las familias legitima el abandono que sufre el paciente y, por tanto, se hace cada vez más lejana la esperanza de alcanzar cierta mejoría. Hasta en las prisiones, según se conoce, hay oportunidad de cierta rehabilitación por medio de las terapias ocupacionales. Pero en el encierro psiquiátrico esto no es posible: es peor que la cárcel común.

Una sociedad que se propone abordar nuevos retos debe velar por el cumplimiento de los derechos de los más desprotegidos. ¿Existe un censo de los internos en los hospicios? ¿Ante quién rinden cuentas los médicos tratantes por la atención, la evolución y el cuidado de sus pacientes? ¿No se ha convertido el psiquiátrico en un galpón donde se administran pastillas y electroshocks para reducir a los pacientes a zombis domesticados? ¿Es cierto que el hospital prefiere un enfermo dopado a uno que no cesa de hablar de su sufrimiento? Para escribir la novela Los renglones torcidos de Dios –que relata la historia de una mujer cuyo delirio es creerse detective privada–, Torcuato Luca de Tena fingió una psicosis depresiva para ingresar en un manicomio, con el fin de ver con sus propios ojos una institución mental por dentro.

El novelista español, que convivió como un loco más entre los locos, abre su libro con una cita de Enrique Heine: “La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca”. En el Ecuador urge que las autoridades y la prensa de investigación entren a los hospitales, no para hacer escándalo sino para ayudar a desterrar aquellas “vergüenzas del mundo” que lesionen los derechos de los pacientes olvidados entre cuatro paredes. ¿Será que conviene cegarnos ante esta realidad sórdida porque no trae réditos electorales? El tratamiento psiquiátrico que se reduce al encierro de la peor cárcel es inconstitucional. ¿Quién escucha a los enfermos? Tienen la palabra la Ministra de Salud, el Ministro de Justicia, el Defensor del Pueblo, los activistas de los derechos humanos, los colegios profesionales ligados a la salud mental…

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