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JUEVES | 14 de agosto del 2008 | Guayaquil, Ecuador
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Poda inmisericorde de árboles en Sauces II

Una tremenda y exagerada poda de árboles se realizó en el sector de la manzana 112 de la ciudadela Sauces II, al norte de la urbe.

La arboleda que daba color y oxígeno a la zona, fue trasquilada por personal de Áreas Verdes, acogiendo el pedido de una sola persona del sector a quien molestaban los excrementos de los pájaros que ponían sus nidos en esos arbustos, y caían en los carros, en una calle que negligentemente se utiliza como parqueadero de vehículos.

El Municipio, en lugar de poner orden y plantar más árboles, se ha dedicado a acoger pedidos contra el ecosistema que realizan personas, que no saben el “haraquiri” que se hace al cortar los pulmones que sirven para defendernos de la contaminación ambiental.

Gabriel Caicedo Antepara,
licenciado en periodismo, Guayaquil

¿Qué consiguió el SOAT?

Tratando de explicar lo que ha conseguido el SOAT (Seguro Obligatorio de Accidentes de Tránsito) tenemos los cálculos de su costo que se hizo en base a la cifra de accidentes reportados en el año 2007, reflejada en una estadística un tanto inexacta ya que no todos los eventos se documentaron en esta.

Luego, vinieron consideraciones aleatorias como el tipo de vehículo (camión, bus, automóvil, año de fabricación, número de ocupantes, uso, etcétera) de esta manera se constituye la tasa aplicada para el cobro del seguro de accidentes. En esta parte cabe destacar, que los cálculos según las propias compañías participantes del SOAT, dejaban muy poco margen de utilidad por el servicio que presentaría a las víctimas de accidentes. Este argumento fue uno de los más esgrimidos por el Fonsat (Fondo del Seguro Obligatorio de Accidentes de Tránsito), Dirección Nacional de Tránsito y Ministerio de Salud. A la fecha, se reporta un ingreso por concepto de primas de 65,5 millones de dólares, y de solo casi 4 millones de dólares en indemnizaciones, según lo declarado por la veeduría del programa; pero la obtención de indemnizaciones por accidentes es bastante difícil, por la consecución de los documentos y certificados que se exigen: partida de defunción, autopsia, documentos de posesión efectiva de herencia..., y no se está señalando los rechazos de muchas clínicas y hospitales para dar atención médica a las víctimas, por su cuestionamiento a las tablas de honorarios impuestas por el Ministerio de Salud.

En colección de hechos, las aseguradoras apuntaron a un gran segmento –por la obligatoriedad de contratación– pues obtienen primas frescas en cifras que reportar, reservas para posibles siniestros en curso u obligatorias, las que se liberan más temprano que tarde, y no está fuera de su responsabilidad que hoy existan muchos heridos sin pagarles sus beneficios, deudos que no pueden cobrar por la vida de sus muertos, damnificados que poco o casi nada conocen del mecanismo de funcionamiento de este seguro.

Las sumas de grandes números, para el sector asegurador comprometido con el SOAT, es que ganan primas; pues el número de siniestros reportados no es igual al de los pagados, ni el número de ocurridos igual al de los reportados; muchos quedan entre la tinta de los papeles y la sangre en una carretera, o lo que es igual, entre la ignorancia, y el dolor de las víctimas. Así el sistema asegurador reportará un “crecimiento”, y no es para menos con este importante precedente. Las esperanzas de los ecuatorianos que tuvieron accidentes estarán tan perdidas, como el último de los choferes que fugó dejando a decenas de heridos en un bus, mientras un nuevo y alto impuesto empieza a encubarse, el SOAT; que lejos de cumplir la función social de su objetivo, es hoy fuente de ingresos para las aseguradoras participantes. Esto, no debe ser, por mucho que la veeduría indique que es falta de conocimiento de los posibles beneficiarios, pues la buena difusión e información pertinente y eficaz, es responsabilidad de los que están en este negocio.

Lo que se desprende de todo lo anterior, es que hay confusión, falta de información, una buena ganancia para las aseguradoras, que por lo pronto reportaran mayor liquidez, lo cual no significa que el sistema asegurador ha crecido respecto a las otras aseguradoras que no participan, y un alto costo para quienes sin ser usuarios, hemos pagado por una protección que no sirve a la población como debería.

Gustavo Zevallos Baquerizo,
ingeniero, analista de seguros, Guayaquil

Muertes al volante

Llamar asesinatos del transporte urbano, podría parecer un término demasiado duro, pero lamentablemente eso es lo que muchos de los transportistas ocasionan debido a la irresponsabilidad con que conducen, transformando las vías, calles, en pistas de carreras, sin que las autoridades hagan nada al respecto.

La razón de conducir a exceso de velocidad, va más allá del simple hecho de llegar a un control a una determinada hora. Compiten entre buses hasta de la misma línea, quizás con el afán de probar cuál es el chofer más diestro, olvidándose en la mayoría de los casos que son choferes de transporte urbano, no pilotos de fórmula 1, y que su misión es recoger pasajeros para transportarlos. Pero llega un momento en que eso ya no interesa, los pasajeros se quedan esperando en la calle y se convierten en meros espectadores de una competencia sin tregua en la que solo importa llegar primero, aunque para eso deban pasarse semáforos en rojo, irrespetar discos Pare, cambiarse de carril a su antojo.

Los usuarios del transporte público nos preguntamos, ¿los transportistas ganan por competir, o por los pasajeros que se suben a sus unidades? La Ley de Tránsito debería ser más estricta. El solo hecho de que dos unidades de transporte público compitan por las calles, carreteras, debería considerarse un delito grave y ser penado por lo menos con siete días de cárcel. Y a aquel mal llamado chofer profesional que causare la muerte de un peatón por exceso de velocidad, debería revocársele la licencia de conducir definitivamente para que ya no siga poniendo en peligro la vida no solo de los peatones sino también de los demás conductores que por desgracia deben compartir las calles con estos desadaptados del volante.

Javier Fernández B.,
ingeniero comercial, Guayaquil

Me parece una buena idea tener vigilantes de incógnito en los buses y que reporten (también deberían fotografiar) a los uniformados las infracciones, para que se sancione, ya que las leyes se las debe respetar esté o no esté la autoridad que controla.

Entiendan choferes, deben cambiar, deben respetar las leyes en todo momento; por algo las han inventado. La ciudad ya no soporta una víctima más. Las muertes de inocentes deben empujar a los choferes a cambiar su forma de trabajar. No es necesario que marquen tarjetas donde les controlen el tiempo de sus recorridos. Existe la tecnología para hacer controles sin necesidad de correr.

Choferes, ustedes también son padres de familia y necesitan llevar el pan a sus casas; hagan las cosas como manda la ley, si lo hacen de esa manera estaremos todos tranquilos.

Este plan se debería aplicar además a los taxistas, hasta que entiendan que en todo momento se debe respetar las leyes para evitar más muertes y accidentes.

John Quispillo,
ingeniero, Guayaquil

Espacios de comunicación I

Nada se hace para impedir que canales de televisión exhiban dibujos animados horrorosos, llenos de violencia o insultos.

Deberían presentar dibujos animados donde se castigue al que emplea malas palabras, pero con chispa de risas y buen modo, enseñando buenos vocablos de pronunciación. Y si algún canal aún insiste en poner aquello destructivo para la mente de los niños, adolescentes e incluso adultos, deberían sancionarlo.

Azucena Bustos Vera,
Guayaquil

En programación televisiva de canales nacionales, de amarillismo y sensacionalismo somos presas todos los ecuatorianos en el día a día, en horarios vespertinos, con varios programas de farándula que no enriquecen en nada a nuestro pueblo, y denigran en muchas oportunidades la moral de los considerados “famosos”.

¿Acaso presentar a mujeres con prominentes escotes en horarios familiares, es cultura? Deben preocuparse más de esto y del sinnúmero de “cierta” publicidad mal elaborada, que con tal de vender un producto, prometen el oro y el moro.

Es inconcebible que en nuestro país no haya un solo programa cultural en horario familiar. Por eso muchos ecuatorianos buscamos cultura en canales de cable; pero, ¡oh sorpresa!, este servicio subió sus precios por mandato presidencial.

Dueños y accionistas de canales de televisión dirán: “la cultura no vende”. Claro está que a ellos no les importa, pero a las personas conscientes de la patria sí, porque una potencia no comienza a serlo en lo económico o político sino en lo cultural, y es repudiable que no se trate este tema como debe ser. Lo correcto sería crear una institución que regule eso que sale al aire, para crear un país no solo de personas amables, sino cultas.

Sebastián Decker Ulloa,
Guayaquil

Espacios de comunicación II
Con el necesario riesgo de hacerme de enemigos gratuitos, tengo que protestar ante la programación que nos están ofreciendo ciertos canales de televisión.

¿Hacia dónde va nuestra sociedad? ¿Qué les vamos a dejar de herencia a las nuevas generaciones? Si en un restaurante nos sirven una comida descompuesta y maloliente seguramente denunciamos al dueño, pero nada decimos ante el putrefacto “menú” con que la televisión “alimenta” a nuestras familias. ¿Dónde están las personas o instituciones llamadas a defender los derechos del consumidor? ¡No es posible que en medio de un partido de fútbol con miles de niños frente a su televisor, se anuncien “programas” con escenas explícitas de crímenes pasionales, infidelidades, chantaje y homosexualismo! ¿Es que olvidaron que los derechos propios terminan donde comienzan los ajenos? Nadie tiene derecho a hacer dinero, a costa de destruir la moral pública y familiar.

No soy nadie para juzgar a persona alguna, pero de ahí a que esté de acuerdo con que la televisión lleve a la pantalla hechos execrables del pasado, hay una gran diferencia. Todo comenzó con ‘De la vida real’, “homenajes” al ‘Hombre rata’, ‘Monstruo de los Andes’, ‘Cholo Sotil’, entre otros tristemente célebres delincuentes. Mientras tres o cuatro “productores” de televisión y  “empresarios” ganaban mucho dinero, miles de niños ecuatorianos aprendían de memoria sus biografías, cuando aún no tenían ni idea de quiénes eran Eugenio Espejo o Eloy Alfaro.

Nelio Aguilar Camacho,
Guayaquil

He visto con bastante asombro que medios de comunicación hablados, televisivos, escritos dan demasiado espacio a la comunidad gay, sin importarles que a los mismos tienen acceso niños que en sus mentes frágiles están asimilando una conducta no apropiada para su edad.

¿Cómo es posible que diarios saquen en primeras planas a dos hombres besándose?, ¿no tienen reparos en destruir la mente de los niños? Que se ponga coto a este asunto que ha tomado demasiado cuerpo; que la ciudadanía censure este libertinaje. La familia está conformada por un hombre y una mujer, y este tipo de publicaciones lo que hace es destruir el núcleo familiar. Pensé que en la capital se mantenía reserva, pero hasta la vicealcaldesa desfiló con esa comunidad. Pido a los medios de comunicación que los temas de lesbianismo, homosexualidad y transexualidad..., se manejen con prudencia y que por el rating o venta, no desvíen a la juventud, los niños que tienen acceso a ver y leer pueden creer que es normal esa conducta. Pueden perder las normas morales y éticas, lo que sería la causa de nuestra destrucción.

Néstor Aníbal Torres Álvarez,
Guayaquil

Espacios de comunicación III
Pasa casi inadvertido. Es casi común que los programas de farándula que se emiten en nuestros canales de televisión, e incluso en los comentarios o reportajes de la prensa rosa escrita, los entrevistados –a quienes acuciosos e indiscretos reporteros ya sea por aclarar o un rumor o confirmar un chisme, muy sueltos de huesos y confrontando a la cámara y a la muy nutrida teleaudiencia– endilguen “ciertas” expresiones a sus contrapartes.

Esas expresiones son: “por el desfile me quedaste debiendo tres mil dólares...; ifulano!..., por ese trabajo no me has pagado lo que me debes.., eres un moroso..., págame...”. Y digo que pasa casi inadvertido, incluso, hasta para uno que como abogado ha tardado en reparar en que estas “alegres” expresiones hacen colocar a su emisor como reo del delito de difamación, especificado en el artículo agregado a continuación, del artículo 499 del Código Penal Ecuatoriano, y situado dentro de los llamados Delitos contra la Honra, que expresa: “Constituye difamación la divulgación, por cualquier medio de comunicación social u otro de carácter público, excepto la autorizada por la ley, de los nombres y apellidos de los deudores ya sea para requerirles el pago o ya empleando cualquier forma que indique que la persona nombrada tiene aquella calidad. Los responsables serán sancionados con la pena de prisión de seis meses a dos años”.

Como vemos, la ley hace una excepción, la misma que está contenida en el artículo 82 del Código de Procedimiento Civil, esto es, la citación por la prensa al demandado cuando se desconoce su individualidad o residencia, en cuyo extracto que se publique se deben precisar los nombres y apellidos del o los demandados; así como, si de exigir el cumplimiento de obligaciones se trata, los valores adeudados y cuál es el concepto. Solo en este, y nada más en este escenario, es permitido hacer tales publicaciones, precisamente porque así lo permite la ley, para hacer conocer al demandado de la acción de su contendor y trabar así la litis.

De considerarse alguien perjudicado por estas expresiones, podría perfectamente presentar su querella (es un delito cuyo ejercicio es de acción privada) ante el juez penal, y el responsable, en el caso de sentencia condenatoria –a parte de la pena privativa de libertad que impone la ley– puede ser condenado, además, a pagar una suma de dinero por indemnización de daños y perjuicios. Deben estar conscientes estos personajes de la farándula local, de la gravedad de aquellas expresiones y las consecuencias legales y económicas que podrían acarrear si quisiésemos hacer prevalecer la ley.

Francisco Gustavo Campos Quintana,
abogado, Guayaquil

Espacios de comunicación IV
Muy poca gente tiene para comprar un periódico, cuando hay que hacer maravillas para el diario sustento en aquellos barrios donde sobrevive el 70 u 80% de la población. Pero la “tele” no puede faltar; esa sí llega a todos los hogares.

En los actuales momentos, la televisión está “controlada” por el Gobierno en base a la lluvia imparable de autopropaganda, y silencio de la mayoría de sus editorialistas, provocado por presiones diversas. Por lo tanto, el Gobierno mantiene ese voto vigente endulzado con otras dádivas a costa del erario público. Leyendo algunos editorialistas y las cartas de los lectores, parece que la mayoría  no comparte las ideas del régimen actual por considerarlo un experimento político que ya fracasó en el resto del mundo; sin embargo, todavía tiene quienes insisten en probar que sí funciona. Por otro lado en internet, la oposición al régimen comunista actual es total, pero estas opiniones no llegan al electorado que manda. El pueblo quería cambios, pero para mejorar; los que ya estamos viendo, van a llevarnos a situaciones que ya hemos observado en otros países que adoptaron estos cambios: se igualaron las cosas para abajo, y no para arriba. La televisión es un negocio como cualquier otro, pero tiene, al igual que toda la prensa, la responsabilidad ante la historia de orientar al electorado sobre los cambios que se están haciendo, e informar las consecuencias que los nuevos mandatos traerían al futuro del país. De mantener su silencio, serán cómplices del nuevo país cuando ya sea muy tarde.

Juan Arteaga,
Guayaquil

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