miércoles 13 de agosto del 2008 Columnistas

Aniversarios

El 10 de agosto se cumplieron dos años de la partida serena de Pepe Gómez al seno de Dios; el 31 de agosto se cumplirán 20 de igual acontecimiento de Leonidas Proaño, el Obispo de los Indios. Fueron amigos entrañables. Tenían en común la profundidad de la mirada,  esa de adentro, la que ve más allá de la superficie, las largas horas de silencio que las podían pasar solos o acompañados, y que a veces incomodaba a quienes no están acostumbrados a la radicalidad de enfrentarse consigo mismos y su verdad que ese silencio significaba. Ambos escribían y mantenían programas radiales. El mismo amor por la Iglesia, profundo, sincero,  comprometido y provocador. Pepe decía que la iglesia era como una hermosa mujer a la cual la cantidad de vetustos ropajes la habían desfigurado. Leonidas sostenía que la  iglesia se construía en la comunidad y preguntaba a estas qué sacerdotes querían. Recuerdo una vez que la comunidad consultada eligió a un laico. Yo lo ordeno sacerdote, si usted lo acepta le dijo Proaño; la persona en cuestión no aceptó porque esa no era su misión en la vida. Ambos profundamente sensibles. El uno roca, indio, más bien triste; el otro elegante en su sencillez, impecable, sereno. El uno rompía las reglas, cambiaba estructuras, parecía tímido en su firmeza inquebrantable. El otro de naturaleza profundamente conciliadora decía y hacía cosas que como consecuencia producían cambios profundos y también oposiciones y rompimientos. El uno quería la confrontación, el otro las soportaba. Por eso cuando en Riobamba se pensó en pedir un obispo coadjutor que pudiera reemplazar a Proaño, este llamó a las comunidades de base, los indígenas, los sacerdotes y sometió a votación a los posibles candidatos que querían proponer. Proaño sostenía que Pepe podía continuar su obra, tenía la misma mirada cristiana y pastoral, “puede tender puentes donde yo he levantado muros, en mi afán de cambio he sido duro y algunos sacerdotes pueden entender, pero necesitan alguien más conciliador que yo”. Pepe Gómez fue propuesto como el sacerdote que querían en primera instancia como obispo ayudante con opción a reemplazo definitivo, en caso de que Proaño no pudiera continuar. Mientras tanto Pepe, mono costeño, no se veía viviendo en la Sierra. No quiero ser “reducido al estado episcopal” decía. De todas maneras las tales votaciones no fueron tomadas en cuenta por las instancias superiores, pero la experiencia fue enriquecedora. Durante la última enfermedad de Leonidas, Pepe se hallaba estudiando en Costa Rica, le preguntó a Proaño si quería que volviera, este le respondió que eran lo suficientemente amigos como para que no hubiera distancia entre ellos, que era mejor que se quedara y terminara aquello que fue a  hacer.

Ambos se enfrentaron a la muerte, su muerte, con respeto, paz y fe que se transformaba en absoluta certeza a pesar de la ceguera que les producía  el acercarse a la luz. El amor los consumió transformándolos en lo que cada uno realmente era, indio-roca, trópico-mar.

Pocos días antes de morir, Proaño pidió se anotara la fecha de todos los cumpleaños de sus amigos y colaboradores y nos encomendó que luego de su muerte los felicitáramos oportunamente en su nombre. Pepe un mes antes de su partida con el rostro transfigurado en luz, la mirada en el infinito,  pidió permiso para partir; “mi cuerpo ya está muy desgastado, déjenme partir”, “qué maravilloso es poder despedirse”, exclamó.

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