miércoles 13 de agosto del 2008 Columnistas

La sabiduría de Alberto

Producto de un recorrido serótino es lo que hoy les quiero contar. Otilia y Cecilia, madre e hija, están en Guayaquil y responden a una invitación largamente postergada; hablo del sábado inmediatamente anterior a este  miércoles 13 de agosto. Nuestras invitadas llegaron con una curiosidad enorme: querían cerciorarse si era verdad que Guayaquil había cambiado significativamente en los últimos dieciséis años de administración municipal, bajo el cobijo del PSC.

Admiración, respeto, beneplácito, complacencia y asombro fueron las expresiones que estas damas sacaron a flote durante cuatro horas de intenso recorrido por los rincones de la urbe. Quien diga que nada se ha hecho por los habitantes de Guayaquil durante los últimos tres lustros sabe, muy adentro, que miente de manera grosera y ofensiva a esta ciudad. Es menester ser ciegos para no elogiar al Guayaquil de hoy que debe su transformación a un grupo de ciudadanos que entendieron que sí se puede servir a la comunidad trabajando unidos y ejerciendo un liderazgo positivo.

Tras un fugaz recorrido por Durán nos dirigimos  a Samborondón, cantón pujante que ostenta creatividad, recursos económicos bien aprovechados y una población ávida de superación. Luego de admirar los centros comerciales y los ingresos a las diversas ciudadelas llegamos finalmente al viejo Samborondón, el de ayer, el de siempre, el pueblito de alfareros perdido entre extensos arrozales, asentado a orillas del majestuoso Babahoyo. Llegamos con la imagen de hace treinta o cuarenta años, de un pueblito reñido con el progreso, dedicado básicamente a la industria del barro como medio de sustento familiar y como tradición ancestral cultivada con una fidelidad digna de mejor suerte. Nuestro estupor fue colosal porque ese pueblito se ha convertido en una ciudad pujante, llena de vida, alegría e intensa actividad comercial. Ha desaparecido el pueblito polvoriento de antaño y los alfareros salieron de él para evitar la contaminación que lleva consigo el barro cuando es tratado con plomo antes de cocer las ollas vidriadas. Con cierto esfuerzo llegamos a la casa de don Alberto, uno de esos quijotes que todavía sienten que se realizan cuando con sus dedos majan el barro para hacer con él  las mil fantasías que se anidan en su mente inquieta y creadora.

“Tengo sesenta años, no conozco otra actividad, desde niño aprendí de mi padre y abuelo este oficio”, nos dice Alberto al encaramarse en un artefacto rudimentario donde plasma sus sueños mediante sus pies que imprimen velocidad al torno en el que sus manos crean figuras diversas en pocos segundos. “No tengo moldes, todo está en mi mente –nos dice–; nosotros somos los auténticos samborondeños. Nos hieren cuando nos tildan de pelucones, porque yo creo que está bien que también haya ricos para que puedan comprar lo que nosotros hacemos. Tampoco todos deben ganar igual, ¿por qué señor? El que trabaja y el que estudia tienen derecho a ganar más. Mi hijo estudió electrónica y mi hija trabaja en la Espol, no me agradan los vagos que viven de la plata de los gobiernos”. Los sabios existen, amigas y amigos.
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