Martes 12 de agosto del 2008 Música

Elisa Kawaguti y los hermanos Ormaza

Félix Fleming

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Los violinistas Elisa Kawaguti e Isaac Ormaza en un ensayo.

Ella, llenita, de  estatura más bien pequeña, se convirtió en junco de tallo flexible cuando su arco acarició la cuerdas del violín al iniciar el tema  Hari no Umi  (El mar de primavera) de  Micho Miyagi.

Tuve que acudir a internet para informarme acerca de quién logró fusionar la tradición japonesa con la corriente de la música occidental. Aquel maestro ciego inventó, creó muchos instrumentos, entre ellos uno que llevaba 80 cuerdas y se conserva en un museo.

Su encuentro con la violinista francesa Renée Chemet fue decisivo pues ella tocó por primera vez obras de Miyagi transcritas para violín y grabó entre otras  El mar en primavera,  donde la sensualidad sedosa del sonido evoca la caricia de la naturaleza. La interpretación que nos dio Elisa provocó una ovación. Isaac Ormaza ratificó su talento tocando a Beethoven y se pudo notar una gran superación de aquel joven talento cuando se unieron los arcos de la profesora japonesa y de su alumno. Tenemos en la actualidad a varios jóvenes violinistas que logran conquistar fama internacional, entre ellos Álex Jimbo Viteri.

La música del compositor belga Devreese permitió palpar la energía y la fuerza que podía transmitir la violinista japonesa. El acompañamiento al piano de Alejandro Ormaza fue también notable. Desde luego  Czardas,  de Monti, siendo una pieza universalmente conocida, conquistó el favor del público pero  pienso que momentos culminantes del concierto fueron los duetos de Campañoli, compositor italiano injustamente olvidado, y  los de Bela Bartok.

Este concierto organizado por el Fondo Jóvenes Talentos  Evelina Cucalón fue un logro de Juan Castro y Velásquez, quien aprovechó la presencia de la violinista japonesa en México para hacerla llegar a nuestra ciudad.

Elisa se presentó el viernes 8 con la Orquesta Sinfónica de Guayaquil donde interpretó con Isaac Ormaza el  Concierto para dos violines   de J.S. Bach en el que se evoca de cierta manera el concepto del concerto grosso donde la orquesta alterna con un grupo de la misma.

Fue otra vez interesante escuchar juntos a la maestra y su alumno dentro de un ambiente algo  íntimo como puede serlo el de la Iglesia de Los Ceibos. Flotó un aire de música de cámara de lo más relajante. La  Sinfonía N.
104  de Joseph Haydn abrió la noche. Recordamos que Haydn se mostró  complacido al interpretarla en Londres en el año  1795:  “El auditorio estuvo muy satisfecho y yo también. Esta sesión me ha producido cuatro mil florines. Una cosa así es solo posible en Inglaterra” (ganaba mil florines al año por trabajar donde el Conde Esterázy).

El Concierto para flauta y orquesta de Gluck  con su adagio algo melancólico y el espacio que deja al solista en sus tres partes resulta agradable, pero es obvio que siempre extrañaremos lo que logró Mozart en este mismo tipo de obra.

Sería interesante escuchar del genio austriaco el concierto para flauta y arpa, el que resulta ser casi una sinfonía concertante. Lamentamos que el público ocupe  solo la mitad de la iglesia. Los conciertos en Los Ceibos, sin embargo, acogen a una audiencia culta de todo nivel social  que jamás aplaude entre movimientos.                                                                                                          
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