En tiempos de revolución no hay términos medios. Son procesos que empujan a la gente a los extremos, a favor o en contra, por el sí o por el no, por el rojo o por el azul, por el blanco o por el negro. Se pierde toda la gama de grises y deja de existir cualquier color intermedio.
El adiós a los matices solo llega a producir líneas monótonas de un color.
La consigna reemplaza al pensamiento y se vuelve fácil asegurar que el que no está con nosotros está contra nosotros, como lo dijo alguno del un lado, pero como lo repiten a diario también los del otro lado. Llevadas por una corriente imparable, las personas, las ideas y las palabras van corriéndose a los polos. La bola de nieve crece hasta convertirse en alud.
La dificultad de situarse a prudente distancia de ambos extremos rebasa la voluntad individual y los pocos que lo intentan generalmente terminan atacados por unos y otros, de manera que a cualquiera le resulta más cómodo ni siquiera intentarlo.
Esa es la prueba de fuego a la que se someterá esta semana la Izquierda Democrática o, más bien, lo que queda de ese partido. Es probable que toda la reunión se les vaya en debates sobre la posición que asumirán en el referéndum. Si es así será el congreso o convención más insustancial e inútil de su historia, porque esa decisión ya está cantada. La presencia activa y militante de varios de sus dirigentes en el Gobierno y el papel de comparsa adoptado por su minigrupo en la Asamblea –incluido un asambleísta tercerizado– ya anticiparon el sonido de los bombos y platillos que se escuchará al cierre del cónclave.
No sería inútil ni insustancial, por el contrario, que sus dirigentes revisaran la historia de su propio partido y que se enteraran de que hubo un tiempo en que su objetivo era convertirse en una organización guiada por una ideología, que creía seriamente en los procedimientos democráticos, que no gastaba la imagen de sus dirigentes en denuncias infundadas ni en colaboraciones de lucimiento personal. Comprenderían también, y por encima de todo, que durante un buen periodo fue el referente de los sectores que apoyaban los cambios necesarios para construir una sociedad más justa, más equilibrada. Llegarían a entender, por fin, que todas esas eran poderosas razones para mantenerse a prudente distancia de los extremos.
Aunque suene a nadar contra corriente, este es el momento más indicado para construir un partido de esas características. El país decidió mayoritariamente acabar con el pasado, y por ello se volcó hacia un extremo. Sin embargo, ya se ve que una buena parte de la gente que apoya el cambio no lo quiere de la manera que se lo está haciendo. Son las personas que apoyarán con reservas la aprobación de la Constitución o que votarán nulo. Son quienes quieren volver a mirar los agradables matices que hay entre el blanco absoluto y el negro absoluto. Esas personas no tienen un referente político.