- AGO. 11, 2008 - Foto - El Gran Guayaquil - EL UNIVERSO
Eliécer Cevallos Luna es un cantautor urbano cuyas composiciones están matizadas con mensajes de protesta, las cuales interpreta con sus inseparables guitarra y armónica.
Con más de 100 canciones compuestas y unos 300 poemas escritos, este cantor urbano no persigue fama ni dinero. Prefiere compartir sus temas con el público que viaja en buses y habita en zonas populares.
El bus frena. Las llantas chillan, el tubo de escape bota humo. Unos descienden y otros suben. Entre estos, un tipo funambulesco con guitarra en mano y armónica al cuello.
El carro vuelve a rodar, pero él no toma asiento, sino que toca y canta: “Y mantengo viva mi ilusión por las calles/ cantando en los colectivos/ recordando a Los Beatles y a los Rolling Stones/ que la gente cambie/ que este mundo cambie y que tú también…”. Así este juglar urbano comparte las canciones que escribe.
Es conocido que en la Edad Media, el juglar se ganaba la vida recitando versos y tocando música de pueblo en pueblo. Y hace pocos años atrás, Woody Guthrie y Bob Dylan cantaban las realidades de la sociedad norteamericana.
Eliécer Cevallos Luna, nuestro juglar sobre ruedas, es heredero de esa experiencia. Él nació en Portoviejo, en 1960, Años después su familia se radicó en Guayaquil.
En una esquina, Eliécer evoca que estudió Comunicación Social, laboró 9 años en el departamento de Estadísticas de Solca, e hizo su casa en El Recreo de Durán, donde vive solo, como profeta del desierto.
En el 2003 decidió vivir cantando en buses y barriadas. “Creí que lo mejor era cantar y expresarme. Ese es mi pensamiento, mi libertad”, dice sin soltar su guitarra, que en estos combates ha perdido dos cuerdas y tiene parchadas sus heridas con cinta aislante.
En esas condiciones canta: “Caminar y caminar/ caminar por la ciudad/ todos van a caminar por el mall de la ciudad/ solo puedes caminar, pero no puedes comprar/ porque dinero no hay/ solo puedes caminar y no te dejan ni tocar”.
Ahora su público deambula por esas calles no regeneradas. Algunos pasan de largo, otros escuchan, dejan unas monedas, también lo alientan: “¡Maestro, que viva el rock!”.
Ha extraviado gran parte de sus canciones porque nunca se dedicó a “la fama ni a tener plata, sino a la protesta, a la renuncia del ego, a buscar la conciencia y la sabiduría”.
Calcula que ha escrito más de 100 canciones y unos 300 poemas. Porque así como en una mañana puede componer tres canciones, en 5 años no escribe una línea.
Esta vida de trashumante fue impuesta por su padre, que era comerciante y viajaba con su familia. Hasta antes de sus 16 años residió en Colombia, Costa Rica, Venezuela, Perú, Panamá y otros países.
“Esa infancia errante marcó mi vida. Lo que vi me hizo ser más humano”, dice. Y su amor por la música lo heredó de su hermano mayor, Tito Cevallos, que tocaba guitarra, cantaba y componía. A veces le enseñaba alguna nota o acorde.
Cuando Tito salía, él se apoderaba de la guitarra y lo imitaba. A los 17 años frecuentaba el parque de la tercera etapa de la Alborada, junto a otros fanáticos del rock y la bohemia. Ahí aprendió a tocar la armónica.
También conoció a Mario Valdiviezo, el único cantautor local que admira.
Cree que el rock se acabó en los setenta, hoy quedaron imitaciones.
Sus canciones están inundadas de vida, calle, conciencia y poesía. Solo una, años atrás, la interpretó el grupo Homo Sapiens: “Maleva yo contigo he olvidado mi vida que sabe a hiel/ maleva que vendías tu cuerpo vestido por tu piel/ cierra la ventana que la muerte llama/ afuera está por llover”.
A veces, acude a la escuelita Galileo Galilei, a cantar a los niños. “La educación no solo debe enseñar a leer y escribir, sino también a pensar y razonar”, opina. El resto del día es cantar en buses. Primero algo despacio, después un rock and roll y luego un tema revolucionario. “Me oyen y empiezan a valorarme –dice con sinceridad-, y no les importa que ande sucio y sudado, todo despeinado y que me falte un diente. Lo importante es que escuchan mi mensaje”, reflexiona.
Está decepcionado de la política que termina siendo politiquería. “Mientras vea a niños trabajando y mendigando en las calles y la comida esté cara, no puedo creer en ningún código de moral y ética civil, ni nada. Solo en el amor que uno debe tener por el ser humano. Esa es la única ley”, expresa.
¿Hasta cuándo vas a cantar?, le pregunto antes de que aborde un bus.
Dice: “Hasta que sea necesario; si el mundo cambia mañana, cambiaré yo”.
Y canta con su guitarra y el fluir de su armónica: “Ya no veo televisión/ a Carlos Vera ya no quiero escuchar/ a nadie le importa quién soy yo/ a nadie le importa/ si puedes comer o trabajar/ qué difícil que es esto/ aunque todo me importa me van a crucificar”.
El bus acelera entre chillido de llantas, humo de escape y las canciones de Eliécer Cevallos, el juglar sobre ruedas.