No se trata de proclamar un grito como queriendo emular el 10 de Agosto de hace casi 200 años. Ni de disfrazarse de revolucionario diciendo a todos que hay que cambiar el mundo. La independencia es mucho más que eso: es una actitud ante la vida, una fortaleza, un espíritu que nace y que también es posible formar en todos.
Ser independientes, individualistas o libre pensadores, de cepa si se puede decir, es parte de una formación que empieza casa adentro. Y depende en gran medida de la crianza que imparten los padres.
El psicólogo Samuel Merlano dice que para hacer de un individuo un independiente se necesita primero que los padres tengan una visión clara de lo que significa el desarrollo personal, la autoestima y afectividad.
“Los hijos que reciben mucho amor de parte de los padres al punto de sobreprotegerlos no desarrollan una independencia saludable sino que, por el contrario, caen en una dependencia nociva y eso genera ciertos problemas de complejos, inseguridades y temores de tomar sus propias decisiones”, indica.
Desarrollar ese espíritu, con la fortaleza de actuar diferente si así lo pensamos y de no dejarnos influenciar por el entorno, empieza con una receta sencilla, como dejar que el niño tome sus propias decisiones. Se trata de que resuelvan situaciones cotidianas, como escoger el color de ropa que le gusta usar, preguntarle en qué deporte le agradaría participar, si quiere asistir a determinada reunión.
Son teorías que hubieran escandalizado a los abuelos y algunos padres de hoy, que no solo decidían las matinés a las que el niño o niña debía asistir sino que lo vestían con la camisa mangas largas o el vestido de ruedos aunque le provocara calor y la crinolina le raspara los muslos.
“Son imposiciones, hay que darle razones, no decir porque yo lo digo o porque soy tu padre. Escoger les permite clarificar sus emociones y expresarlas sin temor a ser criticados. Hay muchos hijos criticados por los mismos padres porque algo no les salió bien y eso empieza a generar temores e inseguridades”, señala.
Lilian Cubillos, psicóloga y experta en temas de familia, respalda esa apreciación. Dice que el tema debe trabajarse a nivel educativo, para promover una maternidad y paternidad responsables. Y ello no implica planificación familiar sino cómo educar y criar a los hijos.
“Los padres cometen el error de creer que los chicos no pueden entender las decisiones que ellos razonan, pero en realidad es necesario iniciar un proceso reflexivo con ellos. Cuando se le permite escoger las alternativas dando razones para la una y la otra, va a aprender lo que debe y no hacer”.
Fomentar el espíritu de independencia es una necesidad más aun dentro de la sociedad en la que nos enfrentamos. “Vivimos en una sociedad muy paternalista y subsidiaria, el mismo esquema de desarrollo socioeconómico y político del país se vive en el entorno familiar, los padres se pasan subsidiando en la vida, económica y afectivamente, a sus hijos”. El resultado: los chicos crecen pero en el aspecto físico, no emocional.
“Los armamos en una bomba de cristal y cuando no estamos, los hijos se enfrentan a una jungla, y los cachorros no viven en la jungla sino los tigres”, indica.
La independencia, amenazada
Para Joaquín Hernández, filósofo y catedrático universitario, el reto es grande porque la polarización, política, económica, de valores… ha puesto en riesgo la independencia. “En esas situaciones de polarización la gente se siente predispuesta a tomar una posición u otra y eso elimina la libertad más bien”.
El desafío está en alcanzar una formación que le permita a la persona pensar, reflexionar y preguntarse por aquello que hace. Eso es lo primero, “eso es lo que rompe la medida de hacer siempre lo que todos quieren”.
Las herramientas están a la mano: textos de cultura, historia, cine que hagan replantear las piezas del tablero y que no queden solo para meros lectores o espectadores.
Y añade otro ingrediente: la valoración del otro como diferente, el respeto a todo aquello que no esté en un mismo sentido que nosotros.
Ya se enfrentaron antes a ello personajes que con su irreverencia legaron su espíritu de independencia por el mundo. Lo hizo John Lennon con su música; los filósofos como Voltaire, Thomas Paine, Haeckel, Aristóteles, Juan Montalvo en Ecuador, entre otros; Flora Tristán, con su lucha por el feminismo y la emancipación de la mujer. También el escritor y filósofo Edward Estlin Cummings, quien proclamaba: “Ser uno mismo en un mundo que día y noche hace lo imposible para obligarnos a ser como los demás, esa es la batalla más dura que un hombre puede librar y nunca abandonar”.
La meta se torna compleja en ciertas instancias, como la adolescencia, donde andar en grupo y seguir las masas es cosa cotidiana; sin embargo, dice Merlano, si se trabajó con el niño en los primeros 9 años, la independencia se adopta como una práctica de vida.
“Los padres deben fomentar la independencia cuando el niño empieza a dominar el lenguaje y el pensamiento, y deben sentirse contentos cuando su hijo tenga un criterio o una percepción de la realidad diferente, aunque no coincidan con ella”.
Esos que hacen valer su criterio son los emprendedores del futuro, los que no tienen miedo a fracasar y a tomarse el mundo. Están armados de esa entereza y decisión que da la independencia. Son, como dice Cubillos, un proyecto sustentable y sostenible en el tiempo por sí mismos.
“Atrofiar la independencia y la autonomía es muy fácil, y está en la formación. Es fácil ser buenos padres, pero es difícil ser padres responsables en la crianza, que implica hacerlos independientes”. Y eso implica una práctica de vida y no solo gritos de triunfo.