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Jacqueline de Gencón, hizo de la Belleza su éxito
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Jacqueline: Lo importante es compartir antes que vender.
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A los 38 años se vinculó por primera vez al mundo laboral. Desde entonces, hace más de dos décadas, no ha parado de escalar y conseguir altos puestos en una de las compañías de cosméticos más grandes del país.

Literalmente,  la belleza le significó un cambio extremo en su  vida. Ninguno de esos vistos por TV  en  reality shows. Sino uno más real, con años de sacrificio y con una recompensa que parece ser su huella: el éxito.

Jacqueline Guamán de Gencón nunca imaginó de lo que podía ser capaz en el mundo de los negocios hasta que se animó a trabajar.

Era mayo de 1983. El fenómeno de El Niño inundaba poblaciones enteras en el Ecuador y la crisis se acentuaba. Ella, que hasta entonces había dejado sus estudios de psicología de párvulos para dedicarse al cuidado de sus hijos, quería sentirse útil y probarse a sí misma. Quería entrar al ambiente laboral.

Su amiga Mery Aizprúa la invitó a una de las demostraciones de productos Yanbal, donde otras señoras como ella disfrutaban de un té y observaban una presentación de productos.  “Me encantó cómo sin ser una vendedora sino dando una charla de belleza se podían vender los productos”, dice.

Así empezó su vinculación a la empresa, como consultora. Tenía 38 años. Pero eso no le resultó difícil. Ni siquiera su falta de experiencia. El reto fue convencer a su esposo, Carlos Gencón, de que podía laborar sin dejar de lado su hogar y sus tres hijos.

“Él me decía que él estaba para afrontar la situación en el hogar. Pero no se trataba de eso, se trataba de que yo quería sentirme útil en el hogar, y le dije que la vida no la teníamos  comprada y  una mujer debía estar preparada”, cuenta.

Sus palabras daban vueltas en la cabeza de su esposo, quien no solo la apoyó sino que le readecuó un espacio en su casa para que ella tuviera ahí su primera oficina.

Sus primeras demostraciones comenzaron con éxito, al punto de que en apenas quince días ya había ingresado a quince consultoras a su grupo. “Eso motivó a que la compañía me invitara a ser directora de ventas, dos meses después”.

Sin imaginarlo, Jacqueline empezaba a manejar grupos de mujeres y a dirigir segmentos de ventas cada vez más grandes.

La responsabilidad era inmensa y ella se había propuesto no fallar. Empezó a prepararse, a leer, a tomar cursos de capacitación y de motivación, de ventas, de dirección de grupos y relaciones humanas.

“Tenía la obligación de hacerlo. Ingresé con nada más que mi entusiasmo, porque yo nunca había trabajado. Creo que eso fue lo que transmití  y el siguiente año llegué al nivel más alto de la empresa, que era ser directora regional, con la formación de siete directoras”.

También le ayudó el ingenio. Como su principal obstáculo era reclutar mujeres porque los esposos se oponían a que trabajaran, los reunió a ellos en una especie de club para explicarles el trabajo.  “Entonces accedieron”.

La clave después fue compartir antes que vender. En su grupo, que lo integran miles de mujeres a partir de un sistema de árbol genealógico en el que hay hijas, nietas y bisnietas, se encuentran otras empresarias exitosas que han alcanzado niveles altos y son pilares más fuertes en la compañía.

“Para tener éxito he tenido que hacer que las demás mujeres de mi entorno sean exitosas. Mi preocupación es formarlas y ser un equipo, sin ellas no hubiera podido”, dice ella con una convicción de líder que en sus inicios era impensada. “Yo no sabía de lo que era capaz,  lo descubrí en el camino, en el proceso de mi trabajo”.

Sus reconocimientos y los premios a su labor son innumerables: viajes alrededor del mundo (acaba de llegar de París), siete carros 0 km (incluidos un Volvo y dos Mercedes Benz), diplomas que hoy abarrotan las gavetas de su escritorio y placas que cuelgan de la pared de su oficina; ya no de aquella que tiempo atrás le adecuó su esposo en la cdla. La FAE.

Ahora, tras 25 años de trabajo,  tiene una propia en el segundo piso del edificio Professional Center.

Desde allí continúa realizando entrevistas a nuevas consultoras, dando asesoría a aquellas que llevan más tiempo y reuniéndose con las directoras de su grupo.

A sus 63 años es directora máster de la empresa, el máximo cargo dentro del árbol de ascenso y desde esa posición –asegura– quiere retribuir la oportunidad que le dieron. “Muchas mujeres llegaron como yo sin saber nada, sin saber de lo que son capaces. Quiero convertir a más mujeres en profesionales productivas”.

Aunque las formas de ventas cambiaron al cabo de dos décadas, su receta es la misma: el buen trato y la palabra delicada. Han sido su fórmula para hacer de la belleza un verdadero éxito. (K.V.)


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