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| El Cuarto Ojo |
| Hasta lo bueno en exceso es perjudicial |
Ángela Marulanda | www.angelamarulanda.com
Mientras que la consigna de nuestros padres era educarnos para que fuésemos “personas responsables y cumplidoras del deber”, hoy la mayoría de nuestros esfuerzos están orientados a lograr que los hijos tengan una muy buena autoestima, debido a que sabemos que esta es fundamental para que lleven una vida exitosa y feliz. Y eso está bien.
Lo que sí está mal es que, con tal propósito en mente, nos desbordemos en la forma como reconocemos cualquier acción positiva de parte de los hijos.
En efecto, hoy se les celebra con “bombos y platillos” todos y cada uno de sus logros, por ínfimos que sean: se les da algún privilegio especial porque comieron bien (aunque solo lo que les gusta); un aplauso porque saludaron a la visita (de mala gana); un premio porque terminaron sus deberes escolares (gracias a nuestra ayuda), una medalla porque juegan algún deporte (así no hagan ningún papel en ello); y hasta se les hace una ceremonia, disfrazados de toga y birrete porque terminan su educación preescolar.
Así, las habitaciones de los niños parecen salas de exhibición de diplomas y trofeos, que les ratifican (y nos ratifican) que son “una maravilla”.
De igual manera, tantas recompensas privan a los niños de la oportunidad para experimentar los efectos positivos de sus esfuerzos por la mera satisfacción de haberlo intentado, y que son el verdadero cimiento de una autoestima positiva.
El problema es que, cuando sobrevaloramos los logros de los hijos, todo lo irrelevante se convierte en hazaña, y los auténticos triunfos dejan de serlo, gracias a lo cual pierden la habilidad para diferenciar entre lo que es una verdadera victoria y lo que no. Además, los estímulos fuera de proporción acaban por convencerlos de que son mejores de lo que son, y los lleva a que hagan las cosas ante todo para ser halagados, gracias a lo cual su autoestima depende del aval de los demás y no de un justo reconocimiento de su valía personal.
La autoestima es un concepto que a menudo se ha malentendido y sobreutilizado. Lo que se fortalece en los hijos cuando se les dan demasiados halagos y distinciones es su “egoestima”, y se les priva de la oportunidad de experimentar los efectos positivos de sus esfuerzos por la mera satisfacción de dar lo mejor de sí mismos.
Está visto que las personas que gozan de una autoestima sólida son aquellas que se sienten valiosas porque se perciben como seres capaces de utilizar sus dotes para ser mejores y contribuir positivamente al bienestar del mundo en que viven.
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