El nombre de este restaurante resulta para mí algo mágico. Al mismo tiempo evoca la figura de un héroe de la independencia latinoamericana y un alimento cristalizado de sabor dulce, pues en el idioma galo sucre significa azúcar. La historia nació en otro lugar de nombre ambiguo y fue aquel Blu que no se decidía entre el blue de los gringos, el bleu de los franceses, se quedaba en el “nel blu di pinto di blu” de los italianos.
Creo que hubo acierto y equivocación en la evolución de Sucre. Al convertirse en punto de interés para los inversionistas del centro comercial La Piazza, nació un sitio que quiso tener el impacto del Blu manteniendo un aspecto más informal, más juvenil también. El resultado no fue el esperado: un tiempo de vida muy limitado como ocurrió con el mismísimo Mariscal.
Se aprende en la marcha. Volvió a aparecer el Sucre en Urdesa, precisamente donde está naciendo un nuevo polo gastronómico con el japonés Sake, la italiana Villa Delizzia y próximamente un restaurante de cocina molecular. Escribí hace tiempo un artículo acerca de aquella nueva tendencia frente a la cual guardo cierta prudencia. Cuando el principal gurú del movimiento, Heston Blumenthal, en el famoso restaurante inglés Fat Duck propuso a la reina Isabel un helado elaborado con nitrógeno líquido pensé que la unión de la química y de la gastronomía llevaba a una especie de alquimia frente a la cual opto por lo artesanal, el slow food, la tradición.
Por lo pronto fuimos a visitar el nuevo Sucre. La disposición de los diversos ambientes resulta ingeniosa, permite privacidad, guardando un bar de carácter sobrio y funcional. La carta equilibrada nos habla de platos a la vez clásicos como el bife ancho, buena carne debidamente cortada presentada en una salsa de cebollas con oporto. El chef cuida mucho las guarniciones, en este caso milhojas miniaturas rellenas con queso de cabra, champiñones, tocino.
Tocamos el punto de la cocina de autor con un lomo en crema de café, lo que habla de antítesis, oposición entre ingredientes aparentemente contrarios, pero ya nos hemos acostumbrado en otros restaurantes a saborear el sushi con Cointreau y salsa de anguila, la langosta con chocolate, hasta unas extraordinarias espumas de Merlot o Carménère. Pues en manos del chef limeño Carlos Alata aquel lomo en salsa de café es un acierto. Los tiraditos de corvina de alto gusto sin llegar a un picor extremo llevan una curiosa espuma de pisco sour, ají amarillo y crema de rocoto (pimiento punzante).
La ensalada thai de pintoresco aspecto ostenta un aliño muy sutil con sus camarones crocantes (se nota el fideo crocante fanshi donde otros suelen usar coco rallado). Pero nos quedamos con ganas de probar en otra oportunidad el atún al carbón, los pulpitos a la parrilla, el lomo con espuma de pimienta rosada. Entre los postres recomiendo la bombita de chocolate caliente con helado o el tiramisú.
Bebimos un Mouton Rotschild 1997 (no figura en la carta) aterciopelado, de taninos finísimos, retrogusto discreto pero profundo, interminable, un vino admirable. Los precios son razonables, van de acuerdo a la calidad de los manjares propuestos. Nuestra cuenta, para dos personas, sin el vino desde luego, fue de $ 57,40 más los impuestos.
Sucre: Circunvalación Sur 112 y Víctor E. Estrada.
Telf.: 288-5551.