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Edición del DOMINGO 10 de Agosto del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Las deudas de lectura
‘El olor de la guayaba’
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Clara Medina | claramedina5@gmail.com

Existen tantos libros publicados. Tantos que,  por más que leamos, siempre será más lo que no alcanzamos a leer. Pero también hay libros que, sin haberlos leído, de algún modo nos acompañan.

Están ahí por una conversación, por una nota  de prensa, por una reseña en internet. Porque alguien los menciona. Porque su título se nos quedó grabado.

Me pasó con el viejo libro El olor de la guayaba,  conversaciones de Plinio Apuleyo Mendoza con el escritor Gabriel García Márquez. Aparte de que  me parecía un título con reminiscencias rurales, de ciudad pequeña, de ambientes tranquilos, lejos del ruido de la actualidad –y que yo vinculaba de esa forma por mi experiencia vital–, de esta obra  constantemente  hablaban los devotos de Gabo desde hace años.  Lo supe luego de leer Crónica de una muerte anunciada, y de aficionarme también, desde entonces, a la narrativa de García Márquez, que luego de un tiempo me pareció demasiado exuberante, casi asfixiante (pienso en El otoño del patriarca), pero que no he dejado de consumir. 

El olor de la guayaba me era familiar porque hablaban de este con frecuencia en  conversaciones. Entre amigos. En comentarios de prensa. Sin embargo, nunca lo leí.   Lo leí ahora, a más de   un cuarto de siglo de su publicación, cuando se ha realizado una reedición de este volumen  en la colección Verticales de bolsillo, del Grupo Editorial Norma.

Leerlo ha sido grato. Un encuentro con la voz del autor de Cien años de soledad, novela que arribó el año pasado a sus cuatro décadas. A decir verdad, revelaciones he encontrado pocas, aunque de que las hay, las hay. Pero, en cambio, me ha permitido muchas constataciones, como aquella de que este libro contiene todas las frases de Gabo que con el tiempo se han convertido en una especie de íconos. De declaración de principios. De filosofía de vida.

Intuyo que se las dijo, por primera vez, a Apuleyo, hace tanto, y que de ahí se diseminaron. Las he leído citadas en innumerables publicaciones, fragmentadas.  Y también en las paredes del pabellón que el año pasado le dedicó a García Márquez, por sus 80 años de vida, la Feria  del Libro de Bogotá.

Aquí una muestra: “Nunca, en ninguna circunstancia, he olvidado que en la verdad de mi alma no soy nadie más ni seré nadie más que uno de los dieciséis hijos del telegrafista de Aracataca”. O la que se refiere a Mercedes, su esposa: “He llegado a conocerla tanto que ya no tengo la menor idea de cómo es en realidad”. Y una más: “Me considero el mejor amigo de mis amigos, y creo que ninguno de ellos me quiere tanto como yo quiero al amigo que quiero menos”. Frases de este talante  hay  muchísimas en el libro.

El olor de la guayaba es una larga conversación, en la que Apuleyo –que luego produjo con Álvaro Vargas Llosa y Carlos Alberto Montaner los ensayos El manual del perfecto idiota latinoamericano y El regreso del idiota– le indaga a García Márquez  por todos los temas: desde la infancia   hasta la fama. Desde cómo se convirtió en escritor hasta cuál fue el germen de Cien años de soledad. Su amor por la poesía. Su devoción por la música y de todo.

Algo de  este material se encuentra, de alguna forma, también en Vivir para contarla, el primer tomo (y único hasta ahora) de las memorias García Márquez, que se publicó en el 2002. Según confesó alguna vez el propio Gabo, Apuleyo, un amigo que hizo en la juventud, cuando ambos ejercían el periodismo, y que conserva hasta ahora, es como su memoria. Incluso dice que a veces  lo llama   para constatar que esa vivencia que él cree fue así   en realidad fue de  ese modo, aunque en el fondo,  el escritor de Aracataca esté convencido de que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

Me llamó la atención que Gabriel García Márquez considerara  que la mejor novela que había escrito, hasta entonces,   era   El otoño del patriarca y que mirara en menos Cien años de soledad,  por la cual consiguió reconocimiento mundial e incluso abonó para que le concedieran, en 1982, el Premio Nobel de Literatura. Lo interesante de este libro   de conversaciones, desde mi lectura actual, es que no pierde   vigencia, pese al tiempo transcurrido. Eso lo hace perdurable y una fuente valiosa, porque García Márquez, el patriarca de la literatura, no concede entrevistas y  huye de todo lo que se le parezca a un periodista. Y mientras tanto, seguimos esperando a ver si Gabo se decide   a entregarnos otra parte de sus memorias.


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