Ante las deudas, parientes de las víctimas consideran realizar similar viaje ilegal a los EE.UU.
María Chuva vive casi en la cumbre del cerro Cuchil y al mismo tiempo en un profundo mar de penas y de pobreza.
La mujer, de 28 años, se multiplica. Alimenta a sus gallinas al amanecer, en medio del frío que carcome los huesos en la parte alta del cantón Sígsig. Luego sale a buscar trabajo arando la tierra o en cualquier oficio que le dé un salario diario de $ 5, con los que debe cubrir las necesidades de sus cinco hijos huérfanos de padre.
La familia quedó desmembrada hace 3 años cuando el jefe del hogar, Ángel Gilberto Chuva, desapareció en el naufragio de un barco que llevaba a 103 emigrantes de Ecuador a los Estados Unidos. En esa desgracia solo 9 se salvaron. A Gilberto se lo tragó el Océano Pacífico.
Con dolor y resentimiento ella prefiere olvidar los momentos que vivió aquel 13 de agosto del 2005, cuando en la noche recibió una llamada telefónica de la coyote (traficante de personas) que llevaba a su esposo hasta Norteamérica y le comunicó la fatal noticia.
En ese momento su vida cambió. Hoy el tiempo lo comparte en cuidar a sus vástagos, trabajar como un hombre para subsistir y viajar a Cuenca para verificar el avance del juicio que interpuso contra la coyote.
Aún tiene deudas con el chulquero que prestó el dinero para el viaje. Su madre, Carmen Ortega, de 63 años, la ayuda con los gastos de escuela de los niños; y Geovanny, su primogénito, que el mes anterior cumplió 13 años, también trabaja como jornalero en agricultura o albañilería. “Pero como es pequeño y hace la mitad de trabajo que los grandes, a veces solo le dan ropita”, dice su mamá.
Chuva se niega a recordar. Con rabia dice que durante este tiempo solo hubo ofertas. “Nos ofrecieron becas, uniformes, útiles escolares, las partidas de defunción de nuestros esposos, ¿y dónde está todo? Nada llega, solo las fotos salen en los periódicos, contamos nuestras historias a cada rato, ¿y qué sacamos con todo eso?”, reclama
Igual queja tiene Angelita Llanos. Sus gemelas de 7 años ya no quieren que su mamá sea fotografiada. “Tengo cinco hijos, me quedé con una deuda de $ 11.300 y como la Pastoral Social, Casa del Migrante y otras entidades dicen que nos han ayudado, mi familia cree que yo boté la plata y me hago la pobre solo para causar lástima”, afirma.
Angelita recuerda que luego de una radio maratón, que se realizó al mes del naufragio, recibió $ 420 con los que compró dos chanchos y luego de engordarlos los vendió, pero el dinero se terminó en los gastos de alimentación para sus hijos.
Asegura que ese aporte no fue suficiente para salvarla de los intereses del banco, por un préstamo que hizo con su esposo para construir una casa, en la entrada a Gualaceo, otro cantón del Azuay. “La abuelita de otros niños que se quedaron huérfanos me regaló plata para pagar dos letras”, relata Llanos.
Es la única viuda que consiguió la partida de defunción de su cónyuge, luego de dos años del suceso, y con ello arregló legalmente la deuda con el banco, pero la construcción permanece sin ventanas y en su lugar puso tablas con la ayuda de su hijo de 12 años que quiere iniciar la secundaria pero su madre duda que tenga los recursos suficientes para afrontar ese gasto.
Estas dos mujeres consideran que viajar a los Estados Unidos, como lo intentaron sus esposos, es una opción para salvar la situación económica de sus hijos, pese al riesgo de que corran la misma suerte que sus parejas.
Lourdes Pérez
Madre de desaparecido
“A veces mi hijo me llama en sueños, me dice ‘no llores... aquí estoy, vivo, me rescataron y estoy pagando por el rescate’. No pierdo la esperanza de que algún día me llame”.
Rosa Guncay
Cuñada de una víctima del naufragio
“Ni mi hermana ni mis sobrinos lo olvidan. Los niños pelean porque los más grandes se cansan de explicarles a sus hermanos pequeños que su papá ya nunca volverá”.