Contemplamos, absortos, cómo la discusión se va desviando hacia temas en que los fanatismos más absurdos afloran. De pronto, las objeciones al proyecto de la nueva Constitución se centran en que en el texto se nombra a la Pacha Mama antes que a Dios, cuando ni la una ni el otro deberían constar ahí.
De pronto, quienes no hablan ni español ni quichua elevan su voz de protesta porque su lengua vernácula no está representada.
Entonces, el problema de la Constitución pasa por haber puesto palabras, frases, artículos para buscar quedar bien con todos los posibles votantes, sin conseguirlo. Al contrario, tanta palabrería, tantos términos imprecisos, ambiguos, confunden, más que aclaran, dificultan el entendimiento del texto, más que lo facilitan.
Y es que los asambleístas pretendieron que en esa Constitución, elaborada tan a saltos y a brincos, estuviera regulado todo. El galimatías comenzó porque si se nombraba a los ecuatorianos, había que nombrar también a las ecuatorianas; si a los niños, a las niñas; si a los ciudadanos, a las ciudadanas, por eso de la igualdad de géneros y lo “políticamente correcto”. Hecho eso, todo lo demás era previsible: el resultado es ese texto inacabable cuya lectura transmite a los ciudadanos (y ciudadanas) el mismo cansancio soporífero que los asambleístas (y las asambleístas) sintieron durante esas noches de insomnio en que ni siquiera sabían lo que estaban aprobando, ni si los textos eran los que ellos habían redactado o eran otros, salidos de algunas manos desconocidas que los escribían en algún lugar ignoto.
Hasta que ahora todo es oscuridad y confusión. Y todo, también, es una duda que difícilmente se puede resolver con un sí o un no.
De por medio está el miedo de regresar al pasado, a esa espantosa partidocracia, a la diputación de los manteles y hasta, como dijo Alberto Acosta, al fin de la dolarización y el retorno al sucre como moneda nacional. Pero de por medio está, también, la instauración de un congresillo integrado por unos asambleístas que se arrogan facultades que no tienen con la misma sangre fría con que elaboraron esos mandatos para los que nadie les autorizó, o unas facultades presidenciales que permiten nombrar autoridades de control y jueces y, además, auguran una larga permanencia en el poder del mandamás de turno, reelección mediante.
Estamos, pues, sitiados. La intransigencia, la falta de diálogo, la imposición de absolutos nos han conducido hacia el disparadero: si volvemos la vista atrás, hay oscuridad y oscurantismo, llanto y crujir de dientes; si vemos hacia delante, divisamos el perfil de una patria que está siendo dibujada con el duro trazo de la intemperancia y la prepotencia y, con el pretexto de que ahora ya es de todos, pintada con los colores del irrespeto a las personas, las instituciones y las leyes.
Lo que jamás imaginamos es que nuestra voluntad de cambio, que se expresó en las urnas, nos colocaría ante una disyuntiva aterradora en que las voces del pasado vuelven a escucharse, nítidas, y las del presente invocan un futuro tan contradictorio, equívoco y confuso como los textos de esa Constitución salidos de la noche, el caos y el absurdo.