El catecismo de la Iglesia, en 670, asegura que desde el instante en que “ascendió” Jesús al cielo, “el final de la historia ha llegado ya a nosotros, y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable”.
Esta verdad que nos llena de esperanza, no significa que podamos dormitar o sestear despreocupadamente. Pues aunque el mal ha sido derrotado en su raíz por Jesucristo, mientras no haya cielos nuevos y nueva tierra, en los que habite la justicia, el reinado de Cristo presente en la Iglesia, es objeto de enredos y ataques. Esto se debe a que “el tiempo presente según el Señor –lo dice el catecismo en el siguiente número– es el tiempo del Espíritu y del testimonio (…) de la espera y la vigilia”.
Más aunque queden enemigos del amor sobre la Tierra, la victoria de Cristo y los cristianos es segura. Si no dudamos del poder de Dios, veremos cómo su sabiduría y su misericordia sacan bienes de los males y grandes bienes de los grandes males.
Precisamente este domingo, el evangelio de la misa nos recuerda un episodio de la vida de Jesús, en que se nos subraya la necesidad de confiar en Él.
La barca en que navegan los apóstoles, ya lejos de la costa, se encuentra golpeada por las olas, y frenada por un viento poderoso y excluyente. Los cansados marineros, mirando al claroscuro de la madrugada, descubren que alguien viene caminando hacia la barca. Y como saben que no hay tierra que sostenga a aquel sujeto, concluyen que se trata de un fantasma.
Todos gritan espantados. Con más miedo y más volumen, cuanto más acerca el misterioso andante. Solo paran cuando escuchan que les dice: “Tranquilícense, soy Yo”.
Pero el viento sigue bravo, la mar no se apacigua, y todos en la barca sufren con la histeria. De modo que San Pedro piensa en una verificación de identidad: “Señor –exige el insensato– si eres Tú, mándame ir a Ti caminando sobre el agua”.
Como Jesús asiente, el viejo pescador se vuelve a Cristo y empieza a caminar sobre las aguas. Pero duda de que sea cierto lo que está viviendo y comienza a sumergirse hasta que pide: “¡Sálvame, Señor!”. Jesús le toma entonces de la mano, le lleva hasta la barca y le reprocha: “Hombre de poca fe ¿por qué dudaste?”.
Me resulta superclara la lección: si usted y yo tenemos fe en Jesús, jamás nos hundiremos.