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Oscuridad o luz son opciones del escapismo

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Agosto 10, 2008

La elección, en términos de John Milton, es entre Alegría y Melancolía. Ahí está Mamma Mia!, la guía de viaje cinematográfico tipo karaoke que estableció un récord de taquilla en junio para el estreno de una película musical.

Y luego está El Caballero de la Noche que definitivamente no puso a nadie a bailar en su camino a convertirse en el mayor estreno de todos los tiempos.

Es una decisión que todos tomamos de vez en cuando, aunque sea sólo para poner las vidas cotidianas a una justa distancia mientras pasamos dos o tres horas en el cine. Un juvenil Milton describió esa polaridad a la perfección en la llamada-y-respuesta de L’Allegro (El Alegre) e Il Penseroso (El Pensativo), poemas que escribió en 1631 ó 1632, y que oponen al hombre feliz contra el pensativo.

Es difícil decir quién “ganó”, pero hay un indicio en la última estrofa de cada poema: “Si puedes dar estos deleites,/Alegría contigo quiero vivir”, escribe el poeta en L’Allegro.

En Il Penseroso: “Da, Melancolía, estos placeres/Y contigo decido vivir”. No hay un “si”; ¿acaso Milton compartió su suerte con la melancolía?

De ser así, no sería el primero en dirigirse felizmente hacia la oscuridad.

Los oídos literarios siempre han parecido estar más sintonizados con la canción del ruiseñor que con la de la alondra. Pero el escapismo es para todos, no sólo para poetas tristes, y la luz atrae a muchas personas. ¿Por qué algunas personas prefieren cantar una vivaz canción de Abba con el feliz conocimiento de que la heroína se quedará con su hombre (Mamma Mía!), mientras que otras optan por aferrarse a toda palabra maligna pronunciada por el Guasón?

“Lo difícil de elegir la luz o la oscuridad es que cualquier alternativa inevitablemente evocará a la otra”, señaló Phillip Freeman, psiquiatra de Boston. “Si desea algo ligero porque se siente mal, probablemente encontrará la inevitable tristeza en la comedia. Si se siente tenso y desea ver cosas estallar, puede que se sorprenda al encontrarse atrapado en el melodrama tonto que lleva a las explosiones”.

Fred M. Sander, psicoanalista de Nueva York interesado en las respuestas del público a eventos teatrales, apunta al ensayo Personajes Psicópatas en el Escenario de Freud, para una explicación del atractivo de la oscuridad. “El espectador es una persona que experimenta demasiado poco, que siente que es un ‘pobre desgraciado a quien no le puede suceder nada importante’, que durante mucho tiempo ha sido obligado a apagar, o más bien reemplazar, su ambición de colocarse al centro de los asuntos mundiales”, escribió Freud. “Ansía sentir, actuar y arreglar las cosas de acuerdo con sus deseos —en pocas palabras, ser un héroe.

Y el dramaturgo y el actor le facilitan hacer esto al permitirle identificarse con un héroe. También le evitan algo, pues el espectador sabe muy bien que la verdadera conducta heroica como ésta sería imposible para él sin dolor, sufrimiento y agudos temores, lo que casi anularía el placer”. Sander dice que todas las obras y películas tienen una función terapéutica, ya sea que lo creamos así o no.

Freeman narra que en la época de las protestas contra la guerra de Vietnam, El Pesar y la Compasión, el documental deMarcel Ophuls sobre la Resistencia francesa, expuso algunos de los aspectos más oscuros de la experiencia de la guerra. “Sin embargo, durante mi época con él, nunca se cansó de argumentar que el mayor servicio de los cineastas para el esfuerzo bélico fue proporcionado por los Hermanos Marx”.


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