Desesperada por escapar de su existencia paupérrima en una de las regiones más pobres del país, María Benedita Sousa usó hace cinco años un pequeño préstamo para comprar dos máquinas de coser e iniciar su propia empresa de fabricación de ropa interior femenina.
En la actualidad, Sousa, que tiene 3 hijos y empezó trabajando en una fábrica de jeans en la que ganaba el sueldo mínimo, da trabajo a 25 personas en una modesta empresa de 2 habitaciones que produce 55.000 conjuntos de ropa interior por mes. Compró y remodeló una casa para su familia y ahora piensa en comprar un segundo auto. Su hija puede ser la primera integrante de la familia que termine los estudios universitarios.
“No se imaginan lo feliz que me siento”, dice Sousa –de 43 años– en su empresa, llamada Gran Mateus, que es el nombre de uno de sus hijos. “Soy alguien que llegó del campo a la ciudad. Luché mucho y hoy mis hijos estudian. Una va a la universidad y los otros dos están en el colegio. Es un regalo del cielo”.
En la actualidad, su país crece de forma muy similar. Brasil, la economía más grande de América del Sur, por fin parece concretar sus posibilidades como actor global, dicen los economistas en momentos en que el país se encuentra en la expansión económica más importante de los últimos treinta años.
Ese crecimiento se siente en casi toda la economía y genera una nueva clase de superricos mientras personas como Sousa ingresan a una clase media en expansión.
También le da a Brasil una nueva confianza y lo posiciona mejor para impulsar una relación más conveniente con los Estados y Europa en el marco de las conversaciones globales de comercio.
A pesar del temor de los inversores respecto de la posición izquierdista del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, éste dio muestras de moderación en lo relativo a la conducción de la economía, área en la que evitó los impulsos populistas de los gobernantes de Venezuela y Bolivia. En lugar de ello, propició el crecimiento de Brasil mediante una hábil combinación de respeto por los mercados financieros y programas sociales.
Brasil redujo seis puntos su brecha de ingresos desde 2001, más que cualquier otro país sudamericano en lo que va de la década, declara Francisco Ferreira, un importante economista del Banco Mundial.
Mientras los ingresos del 10% que más gana en Brasil experimentaron un aumento acumulativo del 7% entre 2001 y 2006, el 10% que menos gana tuvo un aumento de ingresos del 58%, según Marcelo Côrtes Neri, director del Centro de Políticas Sociales de la Fundación Getulio Vargas de Río de Janeiro.
Brasil diversificó su base industrial, tiene enormes posibilidades de expandir su pujante sector agrícola a territorios vírgenes y cuenta con vastas reservas naturales intactas.
El reciente descubrimiento de petróleo catapultará a Brasil a las filas de las potencias petroleras mundiales en el transcurso de los próximos diez años. Sin embargo, si bien la exportación de commodities como el petróleo y los productos agrícolas propició buena parte de su reciente crecimiento, Brasil depende cada vez menos de la misma, señalan los economistas, dado que tiene la ventaja de un gigantesco mercado interno –185 millones de habitantes– que prosperó con el éxito de personas como Sousa.
“Lo que le da a Brasil una mayor capacidad de adaptación es que el resto del mundo tiene menos importancia”, dice Don Hanna, director de economía de mercados emergentes del Citibank.
El presidente Da Silva profundizó muchos de los programas sociales iniciados hace diez años. Sousa, por ejemplo, debe buena parte del éxito de su empresa de ropa interior a créditos que recibió del Banco del Noreste, un banco que financia el gobierno y que otorgó microcréditos a 330.000 personas para que pudieran desarrollar sus empresas.
María Auxiliadora Sampaio y su esposo, que viven en Fortaleza, una ciudad costera de 2,4 millones de habitantes, recibían unos 30 dólares por mes de Bolsa Familia. Hace dos años, Sampaio usó un microcrédito de aproximadamente 190 dólares para comprar esmalte de uñas e iniciarse como manicura.
En la actualidad gana unos 70 dólares por día, dice, lo que equivale a 4 sueldos mínimos por mes. Su esposo, que trabaja en una fábrica de cachaça, compró este mes un equipo de percusión que planea usar en una banda que toca forró, música tradicional del noreste.
“Siento que somos parte de ese grupo de gente que va ascendiendo en el mundo”, declara Sampaio, que tiene 28 años. “Cuando no se tiene nada, cuando no se tiene una profesión ni medios de subsistencia, no se es nadie; se es un mosquito. Yo no era nada. Hoy estoy en el cielo”.