Que el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social se asegure de que las pensiones jubilares lleguen a sus legítimos destinatarios, es su obligación.
También están obligados a entender el sentido de cada una de las prestaciones y servir de la mejor manera posible a sus afiliados.
El sentido de la jubilación es, debería ser, garantizar a quienes han trabajado muchos años una vida digna, cuando las limitaciones físicas propias de la edad avanzada no le permiten trabajar, ni realizar actividades que para los jóvenes no tienen ninguna dificultad. Pero parece que en el IESS no entienden esto y para cumplir su obligación de asegurarse de que las pensiones jubilares no están siendo cobradas fraudulentamente, lo resuelven con un proceso que irrespeta a los jubilados, les exige esfuerzos superiores a sus posibilidades y les obliga a grandes esperas.
En esta época de evidentes avances tecnológicos es absolutamente inadmisible que algo tan simple como un cruce de información entre el Registro Civil y el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social no pueda realizarse.
Cualquier ingeniero de Sistemas tendría más de una solución que haga posible constatar la supervivencia sin que los ancianos, algunos de los cuales casi no pueden moverse, tengan que madrugar, hacer cola, esperar caminando con dificultad y a veces, casi sin poder permanecer en pie para no perder su jubilación que, por otra parte, tampoco cumple el objetivo de permitirle vivir con dignidad, pues sus montos son escasos. Quizás sería suficiente un sistema que permita que en el momento en que se inscribe una defunción en el Registro Civil, se registre en el IESS para que el nombre del afiliado desaparezca de sus registros.
Ahora se habla de aumentar la cobertura de la seguridad social, lo cual es bueno, justo y deseable, pero antes, deberían resolverse los mil y un problemas que deben enfrentar los actuales afiliados cada vez que requieren una prestación, pues si no es así, junto con el crecimiento de la cobertura deberemos padecer el de las dificultades.
Si hablamos de cambios, si decimos que debemos poner a los seres humanos en el centro de la vida del Estado, es momento de demostrarlo, cambiando la estructura de algunas instituciones, descentralizando otras y, fundamentalmente, concibiendo los procesos pensando en el usuario.
Al fin y al cabo, se supone que hoy la tecnología facilita la vida, simplifica los trámites y ayuda a resolver problemas. Se podría ponerla al servicio de los ciudadanos, si pensáramos en el siglo XXI, más allá del socialismo.