Entre tanto malestar colectivo hoy prefiero comentar un hecho airoso. Quiero decir de buen aire, de clima positivo, de vivencia salutífera, emergiendo de una racha de mucho trabajo y discusión permanente. Es cuando más se aprecia que la vida está cruzada por ráfagas de luz, tal como ocurre cuando un día fresco corta la crudeza de las jornadas de calor.
El escenario: una sala de actos de mediana capacidad. Los participantes: un escritor, ochenta niños entre 8 y 9 años, unos cuantos profesores silenciosos. La mayoría de los pequeños llevaba un libro delgadito entre sus manos.
Y empezó la función luego de que una presentadora hizo algo muy difícil para ella: adquirir lenguaje infantil. El escritor no necesitó de mucho empuje para crear una relación con el grupo, a fin de cuentas quien escribe para lectores tiernos está familiarizado con el chisporroteo de esos encuentros.
Como yo estaba en una posición estratégica pude interpretar lo que decían los rostros tanto como las palabras de esos desparpajados chiquillos. Allí estaban con intensa expectativa, la curiosidad incontaminada que lleva hacia la auténtica sabiduría, las sonrisas de emoción, los ojitos resplandecientes de interés haciendo marco a un auténtico momento de aprendizaje. Y fueron emergiendo las preguntas: desde “cuántos libros ha escrito” hasta “a quién da a leer por primera vez sus obras”; desde “dónde se siente más inspirado” hasta “cuál es su autor favorito”.
Ese acto estaba ratificando una relación con la lectura que había empezado en el momento correcto. Los primeros años, los libros idóneos, la intervención familiar que confirma luego la escuela, estaban detrás de esos niños ávidos de materializar en la figura de su autor, muchas de sus fantasías más queridas. La palabra los sostiene en su crecimiento psicológico e intelectual como la materia angular de todos los lenguajes simbólicos, como la herramienta insustituible de comunicación, ahora mezclada con otros lenguajes para enriquecer los mensajes, no para menoscabarlos.
“¿En qué momento se pierde esta intensidad?”, me dije recordando que muy cerca, otros grupos, los de adolescentes atropelladores y burlescos, leen a regañadientes, entienden poco de lo que leen, y en actos parecidos, languidecen en el silencio o entre risitas contenidas. ¿La atracción de la imagen será tan fuerte que reemplazará para siempre el consumo de ficción que todo ser humano hace en su vida? ¿Acaso la información científica y técnica puede obviar el paso por los libros?
Esta realidad se ha convertido en el desafío mayor de los maestros de secundaria.
Cuando el escritor pronunció versos de su autoría que la sala coreó, feliz; cuando les narró un cuento de terror y teatralmente dispuso del ritmo, de los tonos de voz y de la sorpresa final para impresionarlos, me dije, entusiasmada que esos pequeños lectores irían en pos de más libros para reproducir sus emociones. Porque esa es una de las metas de una fértil vida interior, fin de la literatura, al fin y al cabo. Los niños habían conquistado, una vez más, a un escritor. Pero sospecho que la más impresionada fui yo.