viernes 08 de agosto del 2008 Columnistas

Una debacle en cámara lenta

EE.UU. |

Hay millones de familias estadounidenses que no compraron títulos respaldados por hipotecas y no han perdido sus casas, pero aun así se han empobrecido por la destrucción de gran parte o todo su patrimonio neto sobre la casa.


Hace un año, conforme se iba aclarando el perfil de la crisis financiera actual, yo sugería que esta, a diferencia de una superficialmente parecida en 1998, no terminaría con rapidez.

No ha concluido.

Las buenas noticias, supongo, son que hemos estado experimentado una especie de debacle en cámara lenta, sin los Viernes Negros dramáticos y cosas por el estilo. La forma gradual en la que se ha desarrollado la crisis ha generado entre los economistas un debate al estilo del de cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler, sobre si lo que estamos padeciendo realmente merece el nombre de recesión.

No obstante, incluso una crisis en cámara lenta puede hacer mucho daño si persiste por un año, y prosigue la cuenta.

Los precios de la vivienda bajaron cerca  de  16%  el  año pasado, y no muestran signos de estabilizarse. El dolor que ha provocado este descalabro se ha propagado ampliamente: hay millones de familias estadounidenses que no compraron títulos respaldados por hipotecas y no han perdido sus casas, pero aun así se han empobrecido por la destrucción de gran parte o todo su patrimonio neto sobre la casa.

Entre tanto, el mercado laboral se ha deteriorado aún más de lo que se podría suponer a partir del salto de la tasa de desempleo de los titulares. La medida más amplia del desempleo, que toma en consideración la cantidad en aumento rápido de trabajadores que se ve obligada a aceptar reducciones en el pago por hora y en los salarios, ha subido de 8,3% a 10,3% en el último año, casi llegando a su punto máximo de hace cinco años.

Y no hay final a la vista para el dolor.

Ben Bernanke y sus colegas de la Reserva Federal han recortado, desde septiembre pasado y en repetidas ocasiones, las tasas de interés que controlan. Sin embargo, no han podido reducir los costos de los préstamos para el sector privado. Las tasas hipotecarias son casi las mismas que las del verano pasado, y las de intereses que muchas corporaciones tienen que pagar han subido en realidad. Así es que la política de la Reserva no ha hecho nada para alentar la inversión privada.

El problema es el temor: las finanzas del sector privado se han agotado porque los inversionistas, afectados por las pérdidas en títulos que se suponía eran seguros, ahora son renuentes a comprar cualquier cosa que no esté garantizada por el gobierno estadounidense. Y es posible que la proliferación de los paquetes especiales de rescate –TAF, TSLF, el trato Bear Stearns, la cosa Fannie-Freddie– haya conjurado el pánico ciego, pero se ha quedado corto en cuanto a restaurar la confianza.

Oh, y esos reembolsos de impuestos que el Congreso y la Casa Blanca acordaron enviar por correo ya hicieron cualquier bien que iban a hacer. Mirando hacia adelante, es difícil ver cómo los consumidores podrán seguir gastando incluso a su ritmo actual, lo que significa que es probable que las cosas empeoren considerablemente antes de que mejoren.

¿Qué más puede hacer una política? La Reserva prácticamente ya agotó sus municiones: nadie piensa que se logre más con reducciones adicionales en las tasas de interés (y hay una fracción en la Reserva que quiere aumentarlas para combatir la inflación).

Y no se puede hacer mucho, ni debería hacerse, para apoyar los precios de la vivienda, que aún son demasiado altos en términos ajustados a la inflación. Ni tampoco puede Washington evitar una crisis crediticia que continúa: las instituciones financieras extralimitadas en su capacidad y descapitalizadas tienen que sofrenar sus préstamos, y no es realista esperar que el sector público se haga cargo de todo, en especial cuando las instituciones cuasi públicas como Fannie y Freddie también tienen problemas.

No obstante, hay un caso para otro paquete de estímulos fiscales más serios, como una forma de sostener el empleo mientras los mercados amortizan los efectos secundarios de la burbuja de la vivienda. El “plan económico de emergencia” que anunció Barack Obama la semana pasada es un movimiento en la dirección correcta, aunque yo habría deseado que fuera más extenso y más audaz.

No obstante, Obama ofrece más que John McCain, cuya política económica se reduce, principalmente, a “mantener el curso”.

A propósito, es sorprendente que la pésima economía no haya tenido mayor impacto en la campaña. McCain propone, en esencia, continuar las políticas de un Presidente cuyo índice de aprobación en cuanto a la economía es de solo 20%. Entonces, ¿por qué Obama no está más arriba en las encuestas de opinión?

Una respuesta podría ser que Obama, quizás inhibido por su deseo de trascender el partidismo (¿y evitar elogiar al último Presidente demócrata?) ha sido sorprendentemente tímido en cuanto a atacar los antecedentes económicos de Bush. Un ejemplo: si se entra al sitio oficial en la Red de Obama y se da un clic en la página de temas económicos, lo que se verá primero no es un llamado al cambio, sino una cita larga del candidato en la que elogia las maravillas del libre mercado, que bien podría, y con toda facilidad, provenir de un discurso del presidente Bush.

De cualquier forma, regresemos a la economía. Titulé esa columna sobre las primeras etapas de la crisis financiera: ‘Cosas verdaderamente aterradoras’. Un año después, con la crisis aún desarrollándose, está claro que yo tenía razón en tener miedo.

© The New York Times News Service.

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