miércoles 06 de agosto del 2008 Columnistas

Náufragos

Nos reunimos en Esmeraldas; 46 pandis  viajaron en bus desde Guayaquil, para encontrarse con sus pares en la provincia verde. Juntos eran casi 100. Previamente nos habían mandado una invitación en una botella que traía un mensaje. Somos náufragos de la sociedad, de la vida. Ven con nosotros, escucha, aprende, camina…

Al llegar el padre José Antonio Maeso, con una camisa hawaina, el pelo largo sujetado con una cinta multicolor en la frente, las jóvenes pandis vestidas con faldas multicolores y collares de flores, nos recibieron con un cartel de bienvenida. Estaban apostadas a lo largo de toda la empinada colina que había que subir para llegar a la sede de la Fundación Amiga que nos acogía.   A todos se les colocó el collar, incluso al obispo, monseñor Eugenio Arellano,  que nos visitó al día siguiente y que se paseaba orgulloso con su nuevo pectoral: sorbetes cortados ensartados en un hilo que interrumpían flores de papel de diferentes colores.  Un primer recorrido para conocer el sitio donde transcurrirían los próximos tres días, jóvenes de la agrupación Latin King, Máster, Hierros, Viudas Negras y New People. Luego de una copiosa cena pasaron a ver la película que sería la motivadora de todo el encuentro,  Náufragos,  con Tom Hanks.

Un equipo de apoyo silencioso y eficaz, terapeutas, secretarias, cocineras y  voluntarios españoles que dedican sus vacaciones a trabajar con los jóvenes,  entre ellos Óscar, campeón nacional de billar, hacían que la vida, los encuentros, fluyan sin que se note el enorme esfuerzo que esto requería, ni las horas dedicadas, ni la falta de sueño para tener todos los materiales que se necesitaban  listos. Porque una cosa era la programada y otra la que la vida nos empujaba a hacer…

Los juegos cooperativos enseñan más que muchas conferencias y los valores de lealtad, tolerancia y paz empezaban a hacerse cada vez más exigentes  y demandantes. Dos grupos que seguían enfrentados en las calles, solicitaron tiempo para hablar solos de sus problemas. Luego por la noche pidieron una reunión con los facilitadores para llegar a acuerdos que pusieran fin a los enfrentamientos. Momentos de tensión, esperanza y alegría contenida, cuando de por medio hay heridas viejas y nuevas, rencores y temores, heridos y muertos.   Porque para estos jóvenes todo puede convertirse en  terreno de competencia y agresión, las calles, los bailes, los rezos, los deportes, los cantos, la comida. Pero también pueden transformarse en espacios de cooperación y encuentro. Fue un momento culminante. Se selló un respeto que comienza a convertirse en hermandad entre los diferentes grupos y entre los miembros de las dos ciudades. Los que esperaban los resultados afuera respiraron distendidos.

 Monseñor Arellano los visitó, los escuchó con esmero, conocía a la familia de uno y a las madres de otros. Era la imagen del buen pastor que conoce sus ovejas. Les agradeció que expresaran su propósito de cambio. “A nosotros los viejos nos cuesta cambiar, queremos tranquilidad, estar solos,  que no nos molesten,  así que espero que me contagien con el cambio positivo”, les dijo.

Uno de los jóvenes se adelantó para dar su testimonio. “A mí me pusieron condiciones para estar aquí, no quiero más guerras, quiero caminar tranquilo por las calles, no quiero dar miedo a nadie, quiero  poder vivir con la mujer que amo y formar mi familia”.

Otro de los momentos culminantes fue la misa: reunidos de pie alrededor de la fogata que iluminaba el sendero, el bosque y la noche, cada uno fue botando una rama que avivaba el fuego pero previamente pedía perdón públicamente de aquello que consideraba sus faltas.  En la consagración saludaron con sus canciones y sus eslóganes a Cristo, presente entre  todos.

Mucho hay que corregir, mucho que aprender, mucho que aceptar como desafío, pero fue un encuentro que  no olvidaremos. Náufragos, que encontramos un camino…
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