martes 05 de agosto del 2008 Columnistas

Cuádruple moral

Hace veinticinco años un joven pariente nos escandalizó cuando en una reunión social propuso, con sorna, que una solución para la economía ecuatoriana sería la “exportación de indios”. Hoy a nadie parece ofender que la “exportación de pobres” sea un pilar fundamental de nuestra ficticia economía. La difusión mediática de la paliza más reciente que una adolescente compatriota sufrió a manos de una gamberrita española con secuaces, omite la hipótesis de que previamente nuestra paisana fue maltratada simbólicamente por el Estado ecuatoriano desde que nació. Es la cuádruple moral, ese tácito pacto perverso entre la doble moral de los europeos y la nuestra, sobre los migrantes y sus remesas.

De la doble moral europea ya se dijo bastante; es la hipocresía milenaria de toda sociedad opulenta, que se aprovecha de la servidumbre extranjera a la vez que la desprecia. De nuestra doble moral nada admitimos; es nuestro farisaico dolor por los coterráneos ausentes, cuando en realidad no hacemos nada verdadero para traerlos de vuelta porque no nos conviene hacerlo ni podemos. Doble moral ecuatoriana, la de todos, desde las autoridades más altas del Gobierno para abajo.

La agresión sufrida por María José… ya es de todos, como víctimas solidarias y/o cómplices aprovechados. Cada ecuatoriano está implicado en la brutal escena de algún modo. No es la primera ni será la última. La sangre migrante ayuda a mantener nuestro precario y falso equilibrio, en todos los niveles de nuestra sociedad. En el más inmediato y legítimo, permite que sus parientes acá vivan algo mejor, a costa de la tragedia familiar. En los niveles más acomodados y por el circuito de la economía nacional, su esfuerzo sirve para que nuestras clases media y alta mantengan su bienestar y su consumo.

Desde hace dos décadas, la migración  sostiene indirectamente el síndrome del nuevo rico ecuatoriano y su impúdico despilfarro.

El Gobierno crea entes burocráticos para hacer “como si” se ocuparan del tema, pero en la práctica no propone ningún real incentivo de producción para salir verdaderamente de la pobreza. El Ejecutivo está demasiado ocupado en el cultivo de la lírica, el asistencialismo balsámico, la invención de apodos y el ejercicio del gancho de izquierda para dar una nueva paliza electoral a quien no ría con él. Si es lamentable que no inspiremos confianza a la inversión extranjera, resulta vergonzoso que no podamos ofrecer ninguna garantía para el retorno de nuestros paisanos, como lo muestra rudamente aquel joven “idiota como él” que increpó a nuestro Presidente en Madrid. Los ecuatorianos nos asumimos ciudadanos de tercera en el planeta y en nuestro propio país, y ello nos hace cómplices pasivos; nos sostenemos irresponsablemente en una economía de tramoya que a este paso finalmente caerá. Hay algo peor que el neonazismo europeo: nuestro canibalismo social, monetario y político.

Existe un Ecuador paralelo extraterritorial, extenso y disperso. Nos ayuda a vivir pero no lo podemos cuidar ni recuperar. A diferencia de nosotros, ellos aprendieron a estimar el valor del esfuerzo propio y no comen cuentos.
Si no podemos ayudarlos, por lo menos respetémoslos.
Es perverso invitarlos a volver si no tenemos nada para ellos. Es ofensivo involucrarlos en nuestra democracia de opereta con fines electoreros.

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