martes 05 de agosto del 2008 Columnistas

Derecho de la Iglesia a orientarnos

¿Cuál es el espacio de la Iglesia en un Estado laico? ¿Qué es lo que no se le permite y qué sí puede hacer en el cumplimiento fiel de su misión?

Definitivamente, la vocación de la Iglesia cristiana no es el poder, y hace bien, por fidelidad a su fundador, más que por respeto a un laicismo cada vez más sectario que vivimos, en mantenerse al margen de los poderes públicos.

Por esta misma razón les está prohibido a sus ministros ejercer cargos o hacer política activa, como lo han hecho algunos sacerdotes, siguiendo, probablemente, un fuerte llamado interior a servir de esa manera.

La Iglesia como madre y  maestra tiene el deber de evangelizar y anunciar el mensaje de Jesús y, especialmente desde el Concilio Vaticano II, actualizar el mensaje de acuerdo a la realidad actual. Es decir que la religión católica no es un espiritualismo puramente místico sino un modo de vivir en el mundo practicando el mensaje de Jesús en todas las circunstancias de  la vida.

Somos cristianos  desde nuestro bautizo y no podemos dejar de actuar como tales ni en la política, ni en la ciencia, ni en el trabajo, ni en el estudio, ni en la diversión, ni en el dolor… Nuestra fe no es para quedarse adentro de los templos, es para vivirla en todo momento.

Por eso la responsabilidad de la Jerarquía de la Iglesia y de todos nuestros pastores de guiar al pueblo de Dios cuando tiene que tomar decisiones importantes, como es el caso del próximo referéndum para aprobar o no un proyecto de Constitución.

La Iglesia no se puede quedar callada ante las injusticias. Está llamada a defender a los más débiles y proclamar sus derechos. Y todos los que formamos la Iglesia tenemos el deber de hacer lo mismo.

Es así como los cristianos se han movilizado en marchas o en movimientos a favor de la vida para proclamar los derechos de los más indefensos: los concebidos, derechos que, definitivamente, no se los reconoce decididamente en el proyecto de Constitución.

Podemos y debemos alzar con más frecuencia nuestras voces de indignación contra la miseria, el abuso, la explotación, la situación de insalubridad, abandono en que no deberían vivir tantas personas. Como cristianos y como Iglesia estamos en conciencia obligados a hacerlo.

Algunos políticos se creen con el derecho de amenazar a la Iglesia, con la intención de silenciarla. Es verdad que la Iglesia no puede realizar una campaña política, pero también es verdad  que, no en vano, se han escrito tantos documentos pontificios que demuestran el derecho que tiene la Iglesia de señalar los errores de las sociedades y hacerlo de manera concreta, en cada país, a través de sus obispos representados por la Conferencia Episcopal.

Confío en que mi Iglesia católica y las hermanas iglesias cristianas no callarán ahora que tanta falta hace su orientación. Que su voz se escuche a pesar de mentiras o verdades a medias, con que nos bombardea diariamente la propaganda dirigida por el Gobierno para que votemos a favor de un proyecto que no respeta íntegramente la vida humana.

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