Hay subsidios y subsidios. Son perversos, entre otros, aquellos “que benefician a los ricos y distorsionan los mercados globales de alimentos”, según escriben Wehrfritz y Theil en la revista Newsweek del 19 de mayo de este año. Ellos advierten: “Un estudio del Banco Mundial señala que los subsidios de las naciones ricas cuestan 100 mil millones de dólares anuales en pérdidas de ingreso para los agricultores de los países pobres”.
Y es precisamente en nuestros países pobres donde tres y medio millones de niños mueren al año por desnutrición, mientras la hambruna amenaza a vastos poblados de África y Asia. En tanto, durante los últimos 12 años, Estados Unidos ha destinado en promedio 15 mil millones de dólares anuales para los subsidios agrícolas, aunque no para sus pequeños agricultores, quienes no han recibido un solo centavo. El 68% de la enorme suma ha ido a manos del 10% de los beneficiarios, grupo que incluye, sobre todo, a poderosas empresas transnacionales. Y lo mismo ha ocurrido en la Unión Europea, donde menos del 20% de sus pequeños agricultores han recibido algo de los multimillonarios subsidios otorgados generosamente a los ricos por la política agrícola Común de la Unión Europea.
En Ecuador estamos viviendo los tremendos efectos de este tipo de subsidios. Veamos un ejemplo. Hasta los años 40 fuimos autosuficientes en trigo. Luego, nos empezó a llegar trigo subsidiado de Estados Unidos. Nuestros agricultores no pudieron competir en precio y poco a poco dejaron de producir. Nos volvimos completamente dependientes. Ahora, el trigo que importamos ha subido drásticamente de precio y se prevé que continuará subiendo. Para contrarrestar el efecto artero de los subsidios en marras y remediarlo siquiera en parte, el Gobierno de Ecuador ha decidido otorgar otra clase muy distinta de subsidios, que llamaré subsidios sociales o solidarios: así, el que ha brindado a la harina importada para su consumo como pan. Este subsidio no beneficia a los grupos pudientes, se distribuye en la población. No obstante, debería ser un paliativo transitorio. La solución más duradera y segura es otra.
Hoy por hoy, se requiere poner en marcha un amplio proyecto para promover, activamente, la producción nacional agrícola, con miras a disminuir o eliminar las importaciones. El presidente Rafael Correa ha ofrecido apoyar al sector agrícola. Haría bien en dedicar cada vez más recursos a la producción nacional. En pocos años, y por tratarse de un producto de ciclo corto, el trigo nacional podría competir, con ventaja, frente al importado. Igual suerte correrían otros alimentos importados como cebada, maíz duro, soya, fréjol y lenteja. Ecuador podría salir al cabo de la costosísima dependencia y volver real y tangible la soberanía alimentaria.