lunes 04 de agosto del 2008 Columnistas

El fracaso reciente de la OMC

Acostumbrados como estamos a pensar todo en función de nuestros intereses inmediatos, lo único que trascendió del fracaso reciente de la Ronda Doha de la Organización Mundial de Comercio fue su repercusión sobre nuestras exportaciones bananeras a la Unión Europea. De hecho, un acuerdo casi terminado sobre la fruta saltó por los aires cuando los ministros de Comercio reconocieron que no podían llegar a consensos sobre temas que no tenían nada que ver con banano, demostrando que nada está negociado hasta que todo está acordado. ¿Por qué, sin embargo, fracasaron las negociaciones y qué implicaciones tendrán para nosotros?

El motivo esgrimido fue la falta de acuerdo sobre el uso de una salvaguardia especial que permita a los países de menor desarrollo incrementar sus aranceles por encima de sus niveles consolidados, en caso de aumento brusco de las importaciones agrícolas. India, apoyada por China, encabezó esta demanda argumentando que esto permitiría proteger a los agricultores más pobres. Estados Unidos, por el contrario, se opuso, argumentando que ello era una vuelta atrás en cuanto a liberalización de comercio y que pondría en peligro sus exportaciones agrícolas.

Obviamente, estas razones esconden factores más profundos. Entre ellos está el temor que provoca la reciente crisis alimentaria mundial y los enormes incrementos de precios de alimentos básicos; así como el reducido compromiso de países como Estados Unidos en bajar drásticamente los subsidios. Estados Unidos ofreció poner un tope a ellos de 14,5 mil millones de dólares, un número simbólico, pues el monto de protección está en torno a los 8 mil millones, pero dijo poco sobre eliminarlos en rubros importantes como algodón y azúcar, productos de gran interés para países africanos y latinoamericanos. La actitud norteamericana en buena parte refleja la ausencia de viabilidad política de un acuerdo Doha, en medio de su campaña electoral.

Pero más allá de estas causas inmediatas del fracaso, hay factores mucho más estructurales. Hasta la ronda Uruguay, acuerdos entre Estados Unidos, la Unión Europea y Japón establecían las bases de los acuerdos de comercio. Los países en desarrollo, representados normalmente en el G-77, se alineaban sobre la base de algunas concesiones. Hoy ese multilateralismo norte céntrico ha desaparecido.
Países como China, India, Brasil, México y Sudáfrica  juegan papeles cruciales en las negociaciones globales. Sin su acuerdo no hay acuerdo, como lo demostró esta ronda. Adicionalmente, los países en desarrollo no constituyen un bloque unificado. Los exportadores agrícolas, con Brasil a la cabeza, esgrimen con fuerza sus propuestas de mayor liberalización del comercio mundial y eliminación de subsidios, mientras que los importadores de alimentos, como India, China y muchos de los países africanos, se oponen.

El fracaso de la ronda, sin embargo, impulsará más aún el bilateralismo en las negociaciones comerciales, en momentos en que campea el pesimismo sobre arreglos multilaterales, incluso modestos, como el que se intentó ahora. De hecho, Brasil comienza a discutir posibilidades de acuerdos comerciales con Estados Unidos y la Unión Europea, para lo que se demandará una flexibilización de las reglas del Mercosur que obligan a una negociación común.

Ecuador deberá enfrentar este dilema, pero ello implica dejar de mirar las negociaciones comerciales mundiales exclusivamente por medio del banano. Ello requiere que se defina una política comercial que mire nuestros intereses comerciales de mediano y largo plazo y sus implicaciones para el desarrollo. Esto tiene la mayor urgencia para nuestro país.

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