“Nada ha cambiado”, dice el director Michael Haneke en Sight & Sound. ”Los medios de comunicación son peores que nunca... La violencia ha aumentado y es utilizada diariamente como un producto de consumo”. A pesar de que esta reciente entrevista tiene que ver con el estreno mundial de Funny Games hace tres meses, este director de 65 años tampoco parece variar las cuestionadoras percepciones de la realidad actual que pudimos ver hace seis años, cuando La profesora de piano ganara la Palma de Oro en el Festival de Cannes.
Allí Haneke hablaba a través de su ventana europea y de una amodorrada cultura vienesa de siglos, impregnada de aberraciones patológicas que eran encubiertas en ambientes “normales” donde las relaciones familiares y sentimentales podían ocultar horrores deformados en la intimidad hogareña, por las pantallas de televisión. Así, el magnético personaje interpretado por Isabel Huppert es una consumidora diaria de escenas de sadomasoquismo, antes de enfrentar las clases de piano a un joven estudiante (Benoit Magimel) al cual ella seduce grotescamente. Nunca antes las sonatas de Bach han sonado igual.
En Caché (2005) se desvelaron otras deformaciones ocultas, esta vez en la sociedad parisina, donde el conductor de un refinado programa cultural de la televisión (Daniel Auteuil) comienza a recibir videos anónimos de la entrada a su domicilio, acompañados después de garabatos siniestros y escenas de una granja donde vivió en la infancia. Ese ‘ojo secreto’ que parece adivinar algo inexplicable en el pasado de este hombre nunca es identificado realísticamente en la película. Para Haneke esto es secundario. En la investigación que sigue después –Caché significa 'escondido'– el pasado de este hombre explota en su cara, convirtiendo la vida con su esposa (Juliette Binoche) y su hijo adolescente en un descenso a peores tinieblas.
Ninguna pareja estable ha enfrentado lo que Haneke trae para los protagonistas de Funny Games (2007). Estos “jueguitos raros” que dos jóvenes y desconocidos visitantes llevan al hogar vacacional de una acomodada familia neoyorquina en la playa lucen como inofensivos rituales sociales del lugar. Lo que contemplamos después es una chocante dramatización –o será una “documentalización”– de atrocidades que son introducidas en la narrativa sorpresivamente, con los jóvenes mirando a la cámara y dirigiéndose al público que ve la película, cuestionando sus reacciones: ¿queremos ver más?
Haneke se dirige aquí al espectador más tradicional. Aquel que disfruta en la televisión y el cine de esas letárgicas y sangrientas epopeyas disfrazadas de entretenimiento a las cuales nos hemos habituado. La ironía final de esta cruel incursión hollywoodense del director es que Funny Games es la segunda versión de la misma película, realizada diez años atrás en Austria. Ahora los cuestionamientos de Haneke están más cerca y su desinhibido realismo nos quita el habla.