Desde que los teléfonos celulares vienen con cámaras fotográficas incorporadas, el asedio se ha vuelto más intenso para los ídolos. Pero a José Francisco Cevallos esto no parece molestarlo. Por el contrario, ahora además de arquero del equipo Liga de Quito y responsable de su triunfo en la Copa América, es el mánager de sí mismo y su estrategia parece ser nunca negarse a nada.
Así lo comprobamos una soleada tarde quiteña en la que finalmente Pepe Pancho nos concedió un cebiche en su compañía. Era un lunes, habían pasado ya 20 días desde el triunfo por penalties en el Maracaná y el día anterior los juveniles de Liga habían tenido un pésimo desempeño ante el equipo de la Universidad Católica, sin embargo, a la salida del entrenamiento seguía la prensa marcando a los campeones.
No solo la prensa. También organizaciones con fines benéficos para las cuales estos hombres que despuntan (como José Francisco Cevallos, el Tin Delgado, Iván Hurtado, etcétera) se convierten en la posibilidad de erigir modelos de conducta, trabajo y liderazgo para la niñez y la juventud ecuatoriana.
“Cuenten conmigo”, les respondió José Francisco a dos personas de Aldeas S.O.S. Ecuador que le pidieron autorización para utilizar su imagen en sus campañas y a la salida nos dijo: “Ahorita estoy feliz y orgulloso de que me hayan tomado en cuenta para colaborar con niños desprotegidos”.
“Nunca dice que no a nada”, dijo Óscar Manis, entrenador de arqueros de la Liga, refiriéndose con cariño a Panchito. “Siempre está atento a todo lo que pueda pasar, sobre todo con los chicos, eso te da la pauta de su calidad humana”, agrega.
Y así fue. A nosotros tampoco nos pudo decir “no” y aunque una cangrejada hubiera sido el escenario ideal, más afín con sus hábitos familiares en Quito, las limitantes de tiempo (su segundo hijo, José Francisco, lo esperaba para ir al entrenamiento en el club de Liga) y su obsesión ejecutiva con el tiempo nos derivaron hacia un cebiche. “De camarón”, ordenó él.
Una hora después tuvo que dejar su cebiche de camarón a medias porque el asedio de sus admiradores a duras penas le permitió comer: primero salieron las cocineras con sus cofias, luego algunos clientes con sus hijos, más tarde el dueño del local se aproximó con una bandeja de conchas asadas de cortesía, hasta que los peatones comenzaron a llegar a chorros, todos armados con su cámara fotográfica celular. Pepe Pancho, sin dejar de atenderlos a todos con una resplandeciente sonrisa, como buen político, indicó que era hora de emprender la huida.
¿Te gusta la política? “Me gusta colaborar. Por ahora lo importante no es ejercer una dignidad sino tocar las puertas que en este momento nos abren fácilmente. He intentado hacer gestiones para colaborar en Milagro, en Ancón...”.
Milagro es la patria de su madre, Violeta Villavicencio, y Ancón es la suya por accidente, dado que cuando su mamá estaba por tener su cuarto hijo, a su padre, el profesor de música lojano Bolívar Cevallos –hombre diestro en el acordeón–, le dieron el pase a la Península y allí, cerca al mar, nació y vivió sus primeros 11 años Panchito.
Por lo tanto, los homenajes han llegado por partida doble: la Alcaldía y la Liga Cantonal de Milagro le organizaron hace un mes una bienvenida en el estadio en la cual “me tocó salir como artista”, y una semana más tarde, Ana Triviño, prefecta de Santa Elena, y los alcaldes respectivos le organizaron un recorrido en caravana por La Libertad, Salinas y Ancón. “Espectacular, emocionante. Tocó ahí rapidito pero cumpliendo”, relata.
Antes del triunfo en la Copa América había organizado con el Pato Urrutia un juego amistoso entre Liga y la Selección y con el 50% de recaudación que le correspondió entregó 36 casas de Hogar de Cristo para familias damnificadas en Milagro, ciudad en la que inició su carrera deportiva, cuando estaba en tercer curso en el colegio Velasco Ibarra y también ayudaba a su mamá (ya viuda) a despachar el zinc y el hierro en una ferretería de su propiedad.
A los 14 años ingresó a Molinera, un equipo de segunda categoría de Guayaquil que fue a buscar jugadores en Milagro. Viajaba todos los días cuatro horas para entrenar dos y aunque quiso ser defensa, el destino lo mandó para el arco, como su hermano Álex. A los 18 años le hicieron la primera prueba en Barcelona, equipo del que formó parte desde 1990 hasta el 2006 (con un paréntesis de seis meses en el Once Caldas de Colombia).
Para entonces había intentado estudiar Publicidad y Mercadeo, Periodismo y Agronomía, pero en lo único que mantuvo el ñeque fue en el fútbol. Un ñeque que le permitió remontar las maledicencias cuando salió de Barcelona e incluso pensó en dejar el fútbol: “Es que me golpearon mucho algunos comentarios... Se dijo que estaba viejo, acabado, que ya no servía... pero yo ya prometí no guardar rencor por nadie, más bien eso me sirvió para demostrarme que sí era capaz de seguir jugando”.