La doctora Deirdre Platt es una investigadora británica radicada en Ecuador que lleva adelante una campaña contra el uso de fragancias en los productos de uso personal. Yo estaba al tanto de los riesgos para la salud de la continua exposición a los fertilizantes y preservantes químicos que se utilizan en la industria alimenticia, pero... ¿Las fragancias?
Esta curiosa campaña me llevó a investigar sobre el tema y a descubrir que incluso un consumidor supuestamente bien informado como yo ignoraba que está “de moda” incluir más y nuevos aromas en las fórmulas de los productos de uso personal como una manera de atraer más compradores. Hoy se emplean fragancias en champúes, cremas, jabones, papel higiénico, toallas sanitarias, talcos, detergentes, desinfectantes, lavaplatos, limpiadores para casas y automóviles, en juguetes y golosinas para niños, pañales, y hasta en fundas de plástico que frecuentemente se emplean para empacar alimentos. Y, obvio, en los ya conocidos ambientadores.
Cada fragancia está compuesta por más de un químico: los que producen el olor sintético, los que hacen que este se vaporice y se propague, y otros más para que la sustancia se impregne a las superficies que encuentra en su camino. Muchos de estos químicos han sido “descubiertos” hace pocos años, por lo que todavía es imposible saber a ciencia cierta qué efectos pueden tener en la salud humana.
Los peligros
La doctora Platt, al igual que otros científicos, aseguran que muchos de estos químicos causan daño, especialmente a los niños. Por el simple hecho de no ser sustancias naturales que nuestro cuerpo está preparado para asimilar, deberíamos considerarlas potencialmente riesgosas. Según Platt, así como se ha prohibido el uso de decenas de compuestos después de muchos años de uso y tras insistentes denuncias de grupos de defensa del consumidor, bastantes de los nuevos compuestos utilizados hoy seguramente en cinco o diez años empezarán a prohibirse.
Se sabe que en Latinoamérica algunos gobiernos irresponsables permiten el uso de sustancias peligrosas en los productos de consumo. Sin embargo, pocos saben que este problema también ocurre en EE.UU., donde las autoridades están sujetas a las presiones del poder económico de los grupos industriales. Por ejemplo, para prohibir el uso de un determinado químico en ese país es indispensable demostrar de manera concluyente que una muerte o una afección ha sido causada por dicho elemento.
Este requisito, aparentemente lógico y necesario, es una manera encubierta de dilatar cualquier intento de regulación, pues resulta muy difícil mantener a un sujeto totalmente aislado de la influencia de otras sustancias, como para poder demostrar que fue el compuesto químico investigado lo que causó el problema. De ese tipo de leyes benévolas para con los fabricantes hay muchas en Estados Unidos, lo que demuestra que ese país, lamentablemente, dejó de ser ya un modelo a seguir en temas de salud y bienestar.
La polémica
Por su parte, la Union of Concerned Scientists ha presentado evidencias que sugieren que el alarmante incremento en alergias, cáncer y enfermedades al sistema inmunológico de los últimos años es una consecuencia de la continua exposición a compuestos químicos nuevos que no han sido suficientemente investigados. Recientemente, la Unión Europea prohibió el uso de aproximadamente 30.000 químicos en productos de consumo personal, lo cual avivó aun más la polémica en EE.UU. y en aquellos lugares que consideran a ese país como un referente en estos temas.
A todo esto, llama la atención que sean los mismos consumidores quienes indirectamente exigen a los fabricantes usar más y más fragancias. El mensaje de fondo parece ser que hoy, más que nunca, conviene ser un consumidor informado y no depender de la responsabilidad de entes burocráticos susceptibles de estar en medio de conflictos de intereses.
Según Platt, existen alternativas sencillas y económicas al uso de químicos, tales como inciensos, o pétalos de rosa en el baño para suprimir malos olores. O bicarbonato de sodio o limones hervidos para la limpieza. A veces solo se requiere mejorar la ventilación o darse el trabajo de plantar flores en el hogar. Pero sobre todo, comprender que mientras más evitemos –dentro de lo posible– entrar en contacto con aquellos fragantes productos de uso personal, más a salvo estaremos de consecuencias a la salud difíciles de prever.