Cuando entrevisté al presidente Correa recibí como cuarenta correos electrónicos. Muchos expresaban felicitaciones, los leí rápidamente.
Pero tres en particular me atacaron de un modo descarnado. Supe de inmediato que eran los importantes, los que debía tomar en cuenta para futuras entrevistas. Recuerdo que Voltaire firmaba una de estas críticas. Al desmenuzarla, dejé a un lado lo que podía parecer exagerado pero guardé presente lo que me tocaba de cerca. A veces, se nos suben los humos, llegamos a considerarnos como eximios entrevistadores por un éxito relativo de audiencia. Voltaire me hizo notar con acierto que había planteado varias preguntas sin estar empapado del aludido asunto. Por esta razón salí prepotente pero mal parado cuando tratamos el tema de la Junta de Beneficencia, la que, desde luego, no tenía nada que ver con la Junta Cívica.
La excesiva confianza con la que traté al Presidente fue otro reproche merecido que me hizo Voltaire. Me percaté con mayor atención del particular cuando vi la transmisión de la interviú. En regla general nunca veo televisión pero esta entrevista conllevaba una importancia particular. Llegué a ser algo impertinente, quizás porque mantengo con Rafael cierto afecto a través de nuestra común afición a Jacques Brel, Alberto Cortez y otros personajes. Además, suelo con frecuencia tener acercamientos físicos con todo el mundo, abrazando a quienes me detienen para conversar en el supermercado. Olvidé lamentablemente que estaba en pantalla frente al Primer Mandatario y a miles de televidentes.
Lo que sí tuve que descartar de aquella crítica fue lo del vino. El Presidente y yo tomamos una sola copa. Tanto él como yo necesitaríamos unas cuantas para perder los estribos. Cuando terminamos nuestra conversación televisada nos quedamos charlando durante una hora o más, bebiendo con amistad excelentes vinos sin perder la chaveta. Otra crítica en mi contra llegó de Soad, menos agresiva, pero igualmente acertada, precisa, contundente. Como llevaba dirección de Hotmail, contesté de inmediato, agradecí conceptos que tomé en cuenta.
Desconfío siempre de lo que puede traer la limitada fama que podemos adquirir como periodistas, pues vivimos en un país pequeño, nadie nos conoce fuera de los ecuatorianos que viven más allá de las fronteras.
Triunfar en los Estados Unidos no significa llegar tan solo a nuestros compatriotas. No somos talentos, como a veces nos llaman de un modo ampuloso, ni tampoco famosos sino conocidos dentro del territorio nacional. Talentos eran Leonardo Da Vinci o Beethoven.
Es verdad que el hecho de aparecer en pantalla nos predispone a un serio peligro: hacer el juego de una que otra ideología, extraviar el sentido de la imparcialidad, pasar al lado de lo que realmente quieren saber los teleespectadores, tomarnos en serio, perder el sentido del humor, piedra angular sin la cual no sirve la inteligencia. ¿Por qué escribí el presente artículo? Pues, para aterrizar, guardar el sentido de las proporciones, mostrar un camino. Cuando en la calle se me trata con afecto, me gusta ser bernard sin mayúsculas. Todos sabemos dónde fallamos, cuáles son nuestros inconfesables errores. Tomemos con humildad las críticas merecidas frente a errores cometidos.